miércoles, enero 10, 2018

ESTORNINOS


Bandadas de estorninos sobre la ciudad a primera hora del día. Las veo desde el punto más alto del puente nuevo: manchas bulbosas, difusas, dotadas de una especie de dinamismo vertiginoso que las hace cambiar de forma constantemente y reorganizarse sin perder nunca la apariencia compacta, la sugestión de que todos sus componentes pugnan por estirar o romper una bolsa elástica cuyo tejido nunca cede. Y enormes: algunas de ellas cubren el equivalente a varias manzanas de edificios. Deben de contener millones de individuos, todos y cada uno de ellos misteriosamente conectados a la voluntad que rige el conjunto. Y tienen algo de amenazador, no tanto por las dimensiones de la nube, como por la evidencia de esa voluntad única, todopoderosa, similar a la que gobierna una plaga de langostas o un ejército de hormigas. Y de fantasmal, también: vuelan a tal altura que desde el suelo apenas son discernibles. 

Es posible que ésa sea su táctica de supervivencia: confundirse durante el día con la incandescencia de las brumas altas, hasta que la noche les permita acogerse a la espesura de los árboles de las plazas y dejar en ellas, como testimonio de su presencia, una indeleble capa de excrementos. Algún alcalde hubo que proyectó instalar mecanismos para espantarlos, lo que causó la indignada protesta, en forma de carta al periódico local, de algún notorio ecologista, también contrario a la tauromaquia y a la venta de abrigos de pieles; cuestiones mundanas que a los todopoderosos estorninos, confiados a la fuerza de su número y de la insobornable voluntad que los gobierna, les traen absolutamente al pairo. (10/1/2017)

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