viernes, enero 12, 2018

ILUSIONISMO

Acaso todo el debate en torno a la informática y a las posibilidades de la tecnología se reduzca a una única cuestión: si somos partidarios o no del ilusionismo. Quien esto escribe, desde luego, se considera a sí mismo un áspero realista, que encuentra más placer en una descripción pormenorizada de algo que se pueda ver y tocar -y, por tanto, que de alguna manera refleje también la sensibilidad y la visión del mundo de quien sostiene esa mirada- que en la fantasía desbocada; lo que no quiere decir que haya desechado del todo la posibilidad de que el solo acto de percibir la realidad con los sentidos despiertos termine deparando la visión de aspectos de la misma que suelen escapar a la mirada adormecida por la rutina, la desgana, la falta de agudeza sensitiva o la mera cerrazón. 

Por eso me fascinó, esta mañana, la simpleza de cierto dispositivo -prácticamente, una manualidad infantil- cuyo funcionamiento me describió un alumno. Yo les había emplazado a explicar en inglés cómo hacer algo, en respuesta a la pregunta How to...? ("¿Cómo..."): se trataba de que demostraran ser capaces de dar una serie precisa de instrucciones que otras personas pudieran seguir: una receta de cocina, las reglas de un juego, cómo construir algo, tocar un instrumento musical, etcétera. Y este chico -un muchacho alemán, que parece sobrellevar con notable entereza la circunstancia de llevar varios meses lejos de su familia y adaptarse al idioma y costumbres de un país extranjero- me sorprendió con la explicación de cómo construir un visor de hologramas adaptado al teléfono móvil. Y sin utilizar dispositivos electrónicos ni nada similar: bastaba con construir una especie de recipiente cuadrado con cuatro caras trapezoidales recortadas en plástico transparente -por ejemplo, de la caja de un CD- y colocarlo sobre la pantalla del móvil cuando en ésta se muestran ciertas imágenes caleidoscópicas que se encuentran en internet. Al proyectarse las distintas facetas sobre las cuatro caras del vaso cristalino, deparan la ilusión de que una figura tridimensional flota en el centro del mismo: un planeta que gira, un pez que se retuerce sinuosamente, una medusa que flota en las aguas... Bajamos las persianas para asistir al modesto milagro, que causa en todos -incluido el único adulto- una rara emoción. No sé qué conclusión sacar de todo esto. Quizá que nunca hubiera pensado que de un aparato tan molesto como suelen ser los teléfonos móviles pudiera surgir la sugestión poética de la magia. Y aquí lo dejo. (12/1/17)

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