viernes, enero 26, 2018

LA NUBE

Vivir al cabo de la calle: hemos almorzado en un bar de polígono -unas estupendas patatas aliñadas, un filete empanado, unas natillas de sobre- y, después de una somera siesta, he dejado a M.A. en una reunión de trabajo y me he venido a echar la tarde, mientras la espero, ante uno de los ordenadores del instituto ahora vacío. Me encuentro con una compañera nueva, que hace la sustitución de una baja: "Me he venido aquí por el aire acondicionado; se está mejor que en mi piso", me dice. Yo me excuso vagamente por hallarme también en esta posición desairada de vagabundo que no tiene donde pasar la tarde. Fuera el temporal arrecia. Y es verdad que el aire acondicionado es muy de agradecer cuando, tras el ventanal que nos separa del paseo marítimo, se desatan los elementos. 

***

Redacto estas notas antes de abordar otras faenas ligeras que me aguardan en mi cuenta de correo. La metáfora de "la nube", tan del gusto de los informáticos, no parece del todo inadecuada a la ubicación etérea de estos trabajos del ocio, entre ellos este cuaderno. Donde quiera que esté uno, basta con que haya acceso a internet para que esa especie de fardo intangible se haga presente. No, no llevo mi pensamiento a cuestas. Flota en el vacío, como la bandada de estorninos de la que hablaba el otro día. Y basta con abrir los brazos para que vengan a posarse, como en un árbol. (26/1/2007)

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