domingo, enero 07, 2018

LA VIEJA HISTORIA


Nos cuenta L. en la barra del bar la historia de cierta aficionada al cante flamenco en la que los entendidos locales habían puesto sus esperanzas. Tenía buena voz y lo que le faltaba, pensaban sus valedores, podía obtenerse a fuerza de preparación y buenos consejos. 

No sirvió de nada: la susodicha no superó nunca los vicios adquiridos en su aprendizaje autodidacta y fracasó en todos los concursos en los que intentó hacerse valer, hasta que se dio por vencida: la vieja historia del talento desperdiciado o mal encauzado, o de las expectativas infundadas respecto a uno mismo. Y suele acabar en tragedia, como muy bien diagnosticó Somerset Maugham en un relato del que no he parado de acordarme mientras oía a L.: "The Alien Corn", sobre un joven aristócrata que renuncia al brillante futuro que le tiene reservado su familia y consagra sus esfuerzos a convertirse en pianista; sin conseguir, al cabo de muchos años de preparación, otra cosa que una aparente corrección que transparenta, a los oídos de los más entendidos -incluidos sus propios parientes, al fin y al cabo dotados todos ellos de un exquisito gusto en cuestiones musicales-, su falta de genio. ¿Qué aspirante a artista -incluyendo muchos que obtienen momentáneo reconocimiento- puede estar seguro de que no sea ése su caso? Y quizá la única manera de curarse en salud al respecto sea no dar pábulo nunca a ese tremendo error de cálculo que convierte al mero aficionado -al fin y al cabo, alguien que disfruta con lo que hace, sin pedir reconocimiento a cambio- en aspirante a genio -alguien que se siente dominado por un impulso fatal, al que consagra todas sus fuerzas y del que no cabe desengañarse sin que ello suponga cargar con una enorme, y puede que insoportable, conciencia de fracaso. (7/1/2017)

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