jueves, enero 11, 2018

LO QUE DEBE QUEDAR


Tarde gastada en una vana reclamación comercial, que me hace llamar a tres empresas y hablar con algún que otro robot de acento neutro, que me aconseja esperar o me ordena marcar tal o cual número en función de la gestión deseada. Impresión, al cabo, de que la cuantía de lo reclamado no vale lo que el tiempo perdido, que mejor podría haber empleado en disfrutar de la tarde azul y oro -tan juanramoniana, en fin- o en leer alguno de los libros que tengo sobre el escritorio. Al final, doy con una voz amable que me aclara la situación: quiero decir, que me alivia de esa especie de prurito de dignidad herida que nos mueve a veces a buscar reparaciones de pequeños agravios de la vida diaria que, si se dejan estar, tampoco suponen nada. Quizá buscaba uno solamente oír esa voz.


***

La mañana también fue pródiga en minucias entre perturbadoras y pintorescas. Anoto sólo una. A S., que dejó su abrigo colgado en el perchero del café donde habitualmente hacemos el desayuno de media mañana, se lo han cambiado por otro: quiero decir, que se han llevado el suyo y le han dejado uno bastante parecido, salvo por el pequeño detalle de que el primero tenía una cartera en el bolsillo -y S. no ha querido aclararnos cuánto dinero había en ella- y el otro en el mismo sitio guardaba... una estampita del Sagrado Corazón. 


***

A la salida, esta compañera tímida y normalmente poco habladora me hace reparar en lo verdaderamente importante: las brumas con que empezó la jornada se han despejado y el sol de invierno ha revestido las cosas de una nitidez diamantina, luminosa y gélida. Es lo que debe quedar de este día. 

No hay comentarios: