sábado, enero 27, 2018

PAPIROS


Me parece mentira que una película de 2003 -es decir, de ayer, según llevamos la cuenta acelerada quienes ya pasamos del medio siglo- me parezca tan indiscutiblemente un clásico; pero esa es justo la sensación que tengo al ver por segunda vez Master and Commander: The Far Side of the World de Peter Weir. Produce esta película en el espectador la misma impresión de verdad y de gozo de dejarse llevar por una historia bien contada que causaban El hidalgo de los mares (Captain Horatio Hornblower, 1951) o El mundo en sus manos (The World in his Hands, 1952), ambas del insuperable Raoul Walsh. Y resulta evidente que, en plena edad de las animaciones por ordenador, esta película de aventuras marinas ambientada en las guerras napoleónicas se funda en otra clase de ilusionismo visual: el consistente en hacer que las situaciones se representen físicamente ante la cámara -es decir, que haya algún elemento de realidad en los barcos, las armas, los uniformes, las explosiones, las localizaciones en remotas islas del Pacífico- y la cámara se limite a dejar constancia de que, de alguna manera, han sucedido. Es lo que el cine debe a su fundamento técnico tradicional, que no es otro que la fotografía, es decir, la posibilidad de registrar mecánicamente lo que le sería dado ver a un testigo situado en el lugar adecuado. 

Añádase a esta cualidad visual una trama bien urdida -y con final abierto, como es característico de las películas de Weir-, una magnífica construcción de personajes -el capitán del barco, obsesionado con el cumplimiento del deber pero también consciente de las altas responsabilidades de su oficio; el médico de a bordo, imbuido de curiosidad científica y atento observador del microcosmos humanos que lo rodea- y un excelente y muy bien documentado diseño de producción. 


Anoche, después de verla, me dormí pensando en las inmensidades del océano y en ese bendito tiempo en el que hombres valientes y curiosos experimentaban el gozo de descubrir una nueva especie animal en las islas Galápagos o de haber sobrevivido a un abordaje y a un combate cuerpo a cuerpo en la cubierta de un barco. He querido que esa felicidad me ilumine todavía la tarde de este viernes.



***

Porque la verdad es que cada vez llego más cansado al fin de semana. Lo atribuyo a que voy perdiendo mi hasta ahora inveterada capacidad de madrugar: ya no me despierto automáticamente un minuto antes de que suene el despertador. Más bien llevo como una condena el hecho de tener que levantarme unas dos horas antes que el sol. Pero es absurdo quejarse. Mejor dedicar la tarde del viernes a vegetar delante del televisor -hoy he visto un fascinante documental de la BBC sobre el rescate de los papiros carbonizados encontrados en una villa de Herculano- y a leer. También, para reponer fuerzas, he merendado chocolate con picatostes, como los curas de antes. (27/1/17)

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