lunes, enero 22, 2018

SIN GUANTES




Finalmente, alcanzamos a ver la nieve: quedaba alguna en los tejados de las casas y en la cara norte del Cao, y también, en forma de espumarajos, en las umbrías y cunetas. Hay niños que, como nosotros, han venido a hacerle una visita in extremis, antes de que el sol la funda. Los padres los animan a tocarla, incluso a jugar con ella, lo que los niños hacen con escasa convicción, como si dudaran de que esas manchas espumosas, cuya blancura prístina ofrece un raro contraste con los colores sucios, mezclados, de los herbazales, correspondieran verdaderamente con lo que han venido a ver: la nieve falsa de las postales y de las películas navideñas. 

Yo también me he agachado a tocarla: me ha devuelto el escalofrío de la primera vez que me encontré con ella, de niño, en Sierra Nevada. También, entonces, un cierto sentimiento de decepción: aquello no eran más que ralladuras de hielo, como las que se depositan al fondo del congelador. Y fue, quizá, esa falta de respeto la que me llevó entonces a amasarla con las manos desprotegidas, hasta que éstas empezaron a entumecerse y a doler. Impotente, rompí a llorar, hasta que el maestro al cargo de la excursión acudió y me prestó sus guantes. Me hizo pagar el favor: al regreso, contó lo sucedido delante de toda la clase, ante la que quedé en ridículo.

Para demostrarme a mí mismo que aquello no hizo mella en mí, hoy vuelvo a hundir los dedos en la nieve. Sin guantes.

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Como hay confianza, estos amigos han ventilado una discrepancia matrimonial delante de nosotros y el resultado es que se les ha ido demudando el gesto hasta adquirir esa especie de dureza inexpresiva de quien, más que escuchar al otro, atiende solo a sus sentimientos contrariados. Prudentemente nos hemos retirado, vagamente contritos, como si hubiéramos tenido algo que ver con el motivo de la pelea. Y con un vago resquemor, al menos por mi parte: sabe uno también, por experiencia, que los agravios que una persona atribuye a quien más quiere son de naturaleza universal y fácilmente transferibles. Y quién sabe si no nos habremos traído de esa casa, sin saberlo, la semilla de alguna inminente desavenencia.


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Al final, la disensión turófoba se ha extendido a otros convocados a la dichosa cena. Nos informan de otras ausencias, y me siento como ese personaje de Chaplin que, por haber enarbolado un trapo rojo que se encontró en la calle, se convirtió en el inesperado líder de una revuelta. (23/1/2017) 

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