viernes, enero 19, 2018

TUROFOBIA

Fotos de Benaocaz nevado. Me las enseña J. de D., que ayer tarde no dudó en echarse a la carretera -hora y media de ida, otro tanto de vuelta- para ser testigo directo del acontecimiento. Estuve a punto de decirle que me iba con él. Pero tenía que redactar la reseña que me andaban pidiendo del suplemento... No podré ir hasta mañana y supongo que para entonces las nieves se habrán fundido. Me tendré que conformar con les neiges d'antan de la literatura; que, como todo el mundo sabe, no se funden nunca, pero tampoco deparan esa especie de gozo infantil que nos invade a los meridionales cuando presenciamos el infrecuente milagro de una nevada. 


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El discurso inaugural de Donald Trump: basura patriotera y eslóganes populistas, como en la campaña que lo ha llevado a la presidencia. Hoy mismo publica J.M.R. en CaoCultura un artículo sobre la relación entre esa victoria electoral y el deleznable estado de opinión que se respira en las llamadas "redes sociales". Lo que me recuerda que hace un año ya que me di de baja en Facebook. Y la verdad es que tengo la sensación de que, desde entonces, mi vida transcurre por cauces más acordes a mis aspiraciones de ecuanimidad y discreción. Ni siquiera es cuestión, como dicen algunos, de elegir bien a tus interlocutores en esos medios: incluso las personas más ponderadas y formadas suelen perder el norte en cuanto se ponen en la tesitura de situarse ante un coro inmediato de aplausos a sus comentarios. Eso ha llevado a algunos a retransmitir en directo acontecimientos de carácter íntimo que quizá habría sido mejor vivir con el debido recogimiento; por no mencionar la proclividad de tantos a suscribir y difundir en estos medios cualquier noticia sensacionalista, o hacer el gasto de proclamarse justicieros y reivindicativos respecto a esto o aquello sin arriesgar otra cosa que el propio sentido del ridículo. 

Hay una relación directa entre esa modalidad malsana de debate público y el estado de opinión que ha llevado a la democracia más antigua y asentada del planeta a darse como presidente un energúmeno sin bagaje político ni intelectual. Cierto es que ese resultado es también producto del desprestigio de la clase política tradicional. Pero no hay que olvidar la fábula de Esopo: las ranas pedían rey y Zeus les mandó un tronco inerte; y cuando comprobaron que ese rey inane no les servía para nada, volvieron a importunar al dios y éste les mandó una serpiente que las devoró a todas.


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Mi fobia al queso -mi "turofobia": tiene nombre de enfermedad- cada vez me dificulta más la vida social. Parece mentira, pero lo cierto es que he tenido que renunciar a una comida con amigos porque uno de los platos era una fondue y, aunque puedo soportar el olor de un trozo de queso puesto en un plato, otra cosa es sentarme como un pasmarote ante un menú cuyo plato más aparatoso, y previsiblemente el más celebrado por la concurrencia, consiste en un bol lleno de humeante queso fundido en el que todo el mundo hace sopas... Esta vez M.A. se me ha adelantado; a ella, que sí es muy partidaria de los quesos en general cuando se dejan saborear acompañados de un buen vino, tampoco le seducía la idea de comer sopas de queso. Ha sido ella la que ha anunciado nuestra no asistencia. Intuyo que los anfitriones andan disgustados y que incluso puede que el grupo en general critique lo que a todas luces no es sino la exhibición de una manía. Pero...  A estas alturas y por ser amable, soy capaz de casi cualquier cosa; pero el olfato y el paladar no se dejan engañar. Y de cara al autoconocimiento, que no es un fin desdeñable a partir de cierta edad, conviene prestar atención a aquellas manías que no podemos combatir; que son, por así decirlo, los únicos rasgos verdaderamente indelebles de nuestro carácter. (20/1/2017)

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