jueves, enero 04, 2018

UN PESO A LA ESPALDA

Me he echado a las espaldas la mochila de C. El peso casi me tumba. Y me divierte pensar que podría haberse ahorrado unos gramos, quizá un kilo, si no hubiera echado al equipaje una antología de William Blake que ha cogido de mis libros y los tres tomitos de la Historia social de la literatura y el arte de Arnold Hauser, que le he procurado porque me parece que le pueden ayudar en sus trabajos universitarios. 

Con esa impedimenta hemos acudido al lugar donde se ha citado con el conductor con quien ha concertado compartir el viaje: cosas de la moderna sociabilidad en precario, confiada y barata, regida por internet. Y lo curioso es que el coche no ha llegado, ni el tipo que debía conducirlo ha condescendido a ponerse al teléfono y dar las explicaciones pertinentes. Con lo que volvemos a casa con la mochila a mis espaldas otra vez y C. echando chispas. Buscará un coche para mañana. Yo no digo nada. Me veo a mí mismo hace treinta años con una pesada bolsa Puma a cuestas, en un compartimento del expreso nocturno que iba entonces a donde hoy va C. Quienes no sabíamos conciliar el sueño en esas condiciones nos pasábamos la noche en los pasillos, entre los macutos de los soldados que iban o volvían de permiso, pegando la hebra con ellos. No sabría decir si esas circunstancias eran mejores o peores que las de hoy. Las que sí eran las mismas, no me cabe la menor duda, eran la indefensión, la bendita ignorancia de los peligros, la suficiencia con la que cerraba uno los oídos a las prevenciones de los mayores. Todo eso pesaba más que mi bolsa Puma o la susodicha mochila que me ha dejado la espalda tundida para varios días. No sé si echo de menos ese peso. (4/1/2017)

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