miércoles, enero 03, 2018

URGENCIAS

Estaba esperando fuera. Pero, como tenía ganas de orinar, he entrado en el vestíbulo del hotel. Me digo que tengo la excusa perfecta, si alguien me preguntara: estoy esperando a mi hija, que está haciendo uso del spa (no hay por qué decir que es gracias a un bono gratuito que me dieron en la comida de navidad del trabajo, celebrada precisamente en este hotel). Previamente, había intentado usar el retrete del quiosco de bebidas del parque cercano, pero tropecé con un cartel que dice que el servicio es sólo para clientes, y que hay que pedir la llave... Tampoco hay WC público en el parque, y como uno es tímido y no tiene ánimo para orinar contra una tapia, me he decidido a probar en el hotel. 

Es un vestíbulo inmenso, lleno de sofás que parecen muy mullidos y en los que no hay nadie sentado. En el mostrador de recepción, a mi derecha, dos muchachos imponentemente enchaquetados -a su lado, debo de parecer un vagabundo, con mi chaquetón de cuero gastado, mis tejanos rozados y mi barba sin recortar- ni se dignan a levantar la cabeza para ver quién ha entrado por la lenta puerta giratoria. Tampoco la limpiadora con la que me he cruzado a la entrada del baño se ha dignado a mirarme, quizá porque ella también está acostumbrada a resultar invisible para los clientes. Y he orinado copiosamente en una bonita semiesfera de loza sanitaria, y lavado mis manos con abundante jabón bajo un chorro de temperatura regulable. Luego he sacado un libro del bolsillo y me he sentado a leer en uno de lo susodichos sofás. Como un señor. ¿Quién dice que la vida es injusta? Aunque quizá tendría que haberme recortado un poco los pelos que sobresalen de la barba, para no confundir. (3/1/2017)

1 comentario:

Pablo M dijo...

Crónica de una meada anunciada. Pasará a los anales de la urología.