viernes, febrero 09, 2018

A BENEFICIO DE INVENTARIO

Me llega desde varias fuentes la idea, bastante extendida, de que la muerte no es tanto la extinción de todo lo que nos constituye como la mera pérdida de su principio unificador, que es la individualidad. De ahí la insistencia de algunas filosofías y doctrinas religiosas en sugerir una especie de entrenamiento que nos haga capaces de anticipar conscientemente esa pérdida y vivir por adelantado la experiencia de la anulación del yo, de una comunión con la realidad no basada en el principio de postularse como espejo unívoco de la misma. 

Anoto la posibilidad a beneficio de inventario. Pero ¿realmente cabe pensar en alguna clase de relación con la realidad que no pase por el filtro del yo, omnipresente e inevitable? Pero piensa uno en el sueño, en la experiencia del olvido de uno mismo, en los raros momentos en que la conciencia de ser quienes somos no perturba innecesariamente otras percepciones. En la educación de la mirada implícita en la contemplación diaria del mar, por ejemplo, hasta dejar de verlo como la mera impresión óptica que nuestra retina conduce hasta la región del cerebro que la interpreta y le da sentido. ¿Será la búsqueda de ese principio de despersonalización la razón principal por la que uno escribe? Yo no lo diría. Pero... (8/2/17)

1 comentario:

gatoflauta dijo...

Interesantísima reflexión, que conecta de algún modo con la mirada propia del zen japonés, al menos tal como se la recoge en el haiku clásico de Bashô y su escuela. Desde un punto de vista más puramente práctico, y aplicado concretamente a la escritura, también podría pensarse en tantos clásicos anónimos, a los que el hecho de que no podamos atribuirlos a una persona concreta no perjudica en nada (yo no sé incluso si no ocurre lo contrario, que les beneficia). Lo de la muerte ya me parece un poco más peliagudo, ya que nuestra tendencia natural es identificar la vida con la conciencia, de modo que vemos por ejemplo un estado de coma como una interrupción, no una continuación, de la vida. Y en la muerte el temor es el de que la conciencia individual se extinga. ¿Qué nos importa, digo. ser parte del mar, o del paisaje, si eso es sólo una manera de hablar, si no hay un "nosotros" real que lo sea? Tema peliagudo, ya digo.