miércoles, febrero 28, 2018

CALIBÁN

Cinco días de niebla y nubes bajas, coincidentes con el puente festivo. Traíamos apetencia de sol y sobremesas al aire libre, pero en algunos bares ni siquiera se han tomado la molestia de sacar a la calle las mesas y sillas, que permanecen apiladas junto a las fachadas. También las sábanas están frías y húmedas: acomodarse en la cama requiere un largo periodo de adaptación, hasta que el cuerpo traspasa su calor al envoltorio. Al principio, resulta grato permanecer sentado junto al fuego con un libro en la mano y dejar pasar las horas. Pero llega un momento en que la inactividad y la vista cansada se traducen en tedio y en una sobrevenida sensación de tristeza. Sin embargo, se asoma uno a la ventana y lo primero que llama la atención es la presencia radiante de los almendros florecidos. El invierno gusta de despedirse con estos efectismos. Canta en alguna parte un pájaro despistado. Hay un instante incluso en el que un rayo de sol enciende la ventana. Dura sólo unos segundos: la grieta entre nubes por la que había asomado ha vuelto a cerrarse.

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Para pasar la tarde me he acercado al estudio de M. Lo acompañan sus discípulos habituales, cada uno aplicado a su cuadro. El propio M., entre pincelada y pincelada, se para a mirar las pinturas de los otros y de vez en cuando hace una somera indicación. Me sugiere que traiga mis acuarelas y me sume a la clase. No me hago rogar. Le pido a M. alguna fotografía que pueda utilizar como modelo y elijo, de entre un abultado fajo, una que muestra la cabeza de un mulo asomando tras una tapia. La ejecución de la sencilla composición no me lleva más de una hora. Pero ha sido suficiente. "Autorretrato", bromeo, mostrando el fruto de mis pobres habilidades. Luego el grupo se despide tomando unas cañas en el bar de la plaza. Vuelvo a casa con la acuarela bajo el brazo y el estado de ánimo entre eufórico y contrito de un escolar que, en el camino de vuelta, se ha demorado con sus compinches para fumar un cigarrillo a escondidas tras una tapia.

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Terminado el libro de Desfarges, hojeo junto al fuego el tomito con las obras completas de Shakespeare que me ha regalado P., compradas en un mercadillo. Leo los dos primeros actos de The Tempest, los que describen la llegada de los náufragos a la isla y la curiosa misantropía de Próspero, que se vale igualmente de un demonio y de un espíritu grácil, ambos esclavos suyos, para llevar a cabo sus designios de nigromante que tiene una cuenta pendiente con el mundo exterior y está dispuesto a cobrársela. Sorprende el modo en el que Shakespeare plantea la cuestión de la insuficiencia del saber: el poderoso mago, que debe su poder a los libros, no vive para otra cosa que la venganza. Es, si se quiere, una imagen de la impotencia del hombre de letras; es decir, del hombre que se distrae con viejos saberes mientras aguarda su ocasión de reintegrarse a la pompa mundana, que es lo que verdaderamente le importa. Ya Borges llamó la atención sobre el curioso hecho de que el personaje en cuyos labios pone Shakespeare los versos más bellos y exaltados de la obra sea el demoníaco y salvaje Calibán. La verdadera poesía, parece decirnos, no es la que resulta de la simple frecuentación de los libros ajenos, mientras se abrigan propósitos que nada tienen que ver con ella: la verdadera poesía pertenece al dominio de la imaginación, que es el que habita el indómito Calibán. Aunque no hay que descartar que, por contagio de su amo, el salvaje se haya valido también de los libros para encontrar el modo de encauzar las emanaciones de su poderosa fantasía. (28/2/2017)

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