jueves, febrero 15, 2018

JAULAS










Circula por las sentinas de internet, me dicen, un vídeo que muestra un cadáver descuartizado y descompuesto hallado en la escollera de Cádiz. Me consta el genuino horror sentido por algunas personas que lo han visto sin tener noticia previa de lo que contenía. Pero casi más horror causa pensar en la persona que ha efectuado y difundido la grabación, no sé si por sacar partido a esa espuria ocasión de notoriedad que las "redes" brindan a cualquiera que tenga algo que exhibir, aunque sea literalmente una carroña.


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Alguna consecuencia no precisamente tranquilizadora ha de tener la creciente certeza de que el ciudadano común es estafado sin la menor consideración por todo el que puede, ya sea la compañía que le suministra electricidad, la que le provee de servicios telefónicos o el banco al que confía sus ahorros. Sensación, como mínimo, de desafección ciudadana, en la medida en que el estado es parte necesaria en todos estos abusos, si no el primer perpetrador de los mismos desde su propio sistema de recaudación de impuestos.  


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Me dejo extasiar, mientras desayuno en la terraza de una cafetería, por el canto de unos pájaros que me llega de no sé dónde. Hasta que constato que no pueden ser otros que los que los vecinos del bloque de pisos inmediato tienen enjaulados en sus balcones. Y entonces el éxtasis vira hacia algo así como el remordimiento.


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Un adolescente atolondrado, que correteaba por un pasillo sin mirar por dónde, me ha asestado un tremendo cabezazo en el pómulo. Literalmente, he sentido crujir mi mandíbula y ni siquiera he tenido fuerzas para dirigir al involuntario agresor más que una tibia reprimenda, desde la certeza de que su efecto no durará sino unos minutos, los que tardaría el ser humano en ciernes que me ha mirado con gesto entre asustado y contrito en dejarse dominar de nuevo por el potro en el que lo convierten los ímpetus y la irreflexión de su edad. ¿Fui yo alguna vez ese potro de proporciones humanas? Seguro. Incluso cuando, de adolescente, se tienen pulsiones distintas a corretear y empujar por los pasillos, lo que se hace no deja de estar gobernado por esa irreflexión característica. También las lecturas, puestos en la tesitura de que a uno le hubiera dado por ser, como fue mi caso, un adolescente lector.


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Si atiende uno a lo que dicen quienes se ocupan de esas cosas, todas las muertes son evitables: tanto las que se deben a un accidente como las que responden a una enfermedad causada por un mal hábito o a una infección que hubiera podido prevenirse o un desgaste que quizá podría haberse aminorado. La muerte estadística es siempre fácil de esquivar; lo que no lo es tanto es la muerte concreta, particular, irrevocable, que le está asignada a cada uno. Y que, una vez que llega, no atiende a consideraciones profilácticas ni a cálculos de probabilidades. (15/2/17)

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