domingo, febrero 25, 2018

PARTE DEL MILAGRO

Carezco de sentimientos de pertenencia. No presumo de ello; más bien lo lamento, en cuanto que entiendo que percibir las propias aspiraciones como parte de un proyecto colectivo -la patria grande o chica, por ejemplo- aportaría al vivir unas certezas de las que carece por completo mi idea de la existencia como una perpetua interrogación en torno a quién se es o el sentido de los propios actos. En todo caso, uno no puede elegir su textura sentimental: es la que es, y conviene no violentarla en nombre de una deseable sintonía con el sentir colectivo. Otra cosa es la percepción de ese sentir como un conjunto de ficciones no siempre inocentes, contra las que quizá convendría apercibirse. Pero allá cada cual con las mentiras o medias verdades en las que cree justificar su modo de estar en el mundo. Yo me aferro a un puñado de dudas. Y me encojo un poco de hombros, como quien se previene de un golpe.

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Puente de carnaval. Atrincherado en la casa de la sierra, entre brumas e inminencia de lluvia, me parece estar celebrando también mi propia fiesta íntima, que es también un baile de máscaras.

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Pájaros adelantados que cantan en la mañana gélida. Su primavera está por llegar; y, cuando lo haga, puede que sea ya demasiado tarde para ellos. En todo caso, no están ahí por un acto de voluntad, sino por una ineluctable ley que dicta que algunos llegan a su sitio en el momento oportuno y otros antes de tiempo o demasiado tarde, o simplemente no llegan. En todo caso, estos pájaros errados que cantan hoy la posibilidad de la primavera anticipada tienen también su razón de ser. Hablan de lo inminente, de lo que inevitablemente ha de llegar, de lo que, a despecho de las brumas y fríos, se anuncia ya en la luz demorada de los atardeceres. 

Son parte de un milagro que a lo mejor no alcanzan a ver. (25/2/2017)

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