domingo, febrero 04, 2018

UN PESO

Algo aturdido, me he escapado de la fiesta con el pretexto de asearme un poco y descansar. Aún me zumban los oídos de la música estruendosa. ¿Qué tiene que celebrar un descreído como tú en unas fiestas patronales?, me pregunta el interlocutor imaginario que siempre me vigila por encima del hombro en estas ocasiones. No una simple fecha del santoral, desde luego, sino algo quizá de alcance más amplio, e incluso yo diría que de un sentido religioso más profundo, si es que a un incrédulo se le permite apelar a esas honduras, que son también las del misterio y la poesía. Se trata, le digo, me digo, de una invocación festiva al genius loci, o a lo que el poeta Valente llamaba "el dios del lugar". El muñeco de madera que pasean al ritmo de rumbas y pasodobles, y al que incluso hacen bailar al son de las canciones de moda, resulta a todas luces una representación de un gozo de vivir que el invierno apenas reprime, y que se manifiesta en las floraciones adelantadas que anuncian la primavera: la del almendro, por ejemplo. 

Uno busca también dentro de sí esas floraciones tempranas. Ha sido un duro invierno. Ha traído, no ya el simple retraimiento de todos los años, sino verdaderos abismos de oscuridad y dolor (cómo explicarlo aquí). Y ha acudido uno al llamamiento de la fiesta -en realidad, un simple pretexto para el reencuentro con amigos- con ese dolor por delante, que es también una mercancía valiosa, pero no de la clase de las que uno quiere guardarse para sí a toda costa, sino de ésas que sólo tienen sentido si se pueden ofrecer en trueque (espiritual, se entiende) a cambio de algo. Hemos bebido el vino de los amigos y comido los alimentos conviviales, los que cada uno aporta en nombre de un olvidado sentido de la ofrenda, y que incluyen incluso algún exceso bárbaro: un holocausto de pájaros desplumados, por ejemplo, sobre un ensangrentado hule de cocina. Luego ha venido la música, el baile e incluso el juego de la fantasía que mira y desea. Pienso en A., con sus veinticinco años y a quien conocí cuando apenas frisaba los dieciocho: a pesar del tiempo transcurrido, me ha reconocido entre la multitud y se ha acercado a darme un beso y a hacerse una foto conmigo. Los amigos, pasados de rosca, me han jaleado grotescamente ante el hecho incontrovertible de que una muchacha tan bonita se haya dirigido a mí y me haya dedicado un gesto amable. "¿No te haces una foto conmigo, guapa?", le dice un patoso. Pero la chica se ha difuminado ya en la multitud de la que había emergido y a la que también yo regreso: no en pos de ella, me digo, sino quizá sólo para sustraerme también del coro de compadres y buscar en la soledad entre muchos un hueco donde disfrutar de los goces melancólicos de la ocasión. 

Sobre el escenario, mientras tanto, un hombre prodigioso, que salta como un demonio del tablado al mostrador y del mostrador a otros puntos encumbrados en medio de la marea humana que lo jalea y lo aplaude, canta versiones castizas y desgarradas de canciones que todo el mundo conoce. Un amigo nuestro ha tenido la humorada de acercarse a la barra portando una rama de limonero de la que pende un limón: el día antes, al servirle un combinado, el camarero le había dicho que no disponían del mencionado aderezo para aromatizar la bebida. El demonio saltarín, al verlo, le ha hecho a su portador un gesto, para que le lance el fruto. El limón, prendido a su rama, ha volado sobre las cabezas del público y ha sido atrapado al vuelo por su destinatario. La multitud ha arrancado a cantar. "El limón del limonero / entero / me gusta más...". La orquesta ha seguido a la multitud, y el cantante, sorprendido, no ha tenido más remedio que ponerse al frente del coro. La gente agradece estos modestos milagros de la improvisación y del azar impremeditado, que son los que dan vida al concierto y constituyen, me digo, una especie de versión en basto de las recónditas armonías de las que cada uno extrae su propia felicidad en estas ocasiones.

Anoto todas estas cosas apresuradamente mientras aguardo que mis acompañantes me reclamen y haya de volver a la fiesta. Ahora pienso que venirlas a dejar aquí ha sido también un modo de soltar un peso. (3/2/2017)

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