viernes, febrero 02, 2018

UNA REUNIÓN

Me he acordado mucho estos días de esas tardes de invierno en las que F. irrumpía como un vendaval en nuestro piso de entonces, en una finca antigua en las inmediaciones de la plaza de abastos, no muy lejos de donde él vivía: igual venía a invitarnos a una de sus cenas surrealistas, en las que lo mismo servía unas incomibles albóndigas en lata que un aromático café traído del Yemen, que a consultar algo en nuestra biblioteca -la suya estaba en su piso de Madrid-, o a leernos un cuento inédito. No podíamos imaginar entonces lo que los años venideros habrían de traer: su enfermedad, los reticentes homenajes oficiales que se le tributaron cuando empezó a cundir la especie de que se nos iba, su muerte y la creación improvisada de la fundación que lleva su nombre. 

De todo esto van a cumplirse pronto veinte años. También de aquella fundación, de cuyo consejo asesor acepté ser miembro, y que empezó con cierto ímpetu y luego languideció, como suele pasar con estas cosas. Y anteayer, cuando hacía lo menos tres lustros que no nos reuníamos, volvimos a hacerlo a la luz mortecina de una sala de juntas, en una tarde desabrida en la que lo más prudente hubiera sido quedarse en casa. Y ahí estaba M., viejo y querido amigo, con quien hablo de los achaques de la edad, que es de lo que solemos hablar cuando nos vemos; y A., hiperactiva y ladinamente asertiva, como corresponde a una profesora que lleva años bregando con la grey literaria y sabe de qué pie cojeamos todos. La otra parte, la institucional, llega tarde: nos tienen esperando casi media hora en un pasillo apto para agarrar en él una buena neumonía. Falta todavía T., de quien se espera que haya podido hacer un hueco para esta reunión entre sus obligaciones burocráticas y su condición de miembro del jurado del concurso carnavalesco de este año... 

Desganadamente y tras mucha demora, la reunión empieza a rodar: su objeto es revitalizar la fundación. ¿Con qué fin? Nominalmente, por supuesto, se trata de vindicar y difundir la obra de F.; lo que en la práctica se traduce en ese tipo de encomiendas que le permiten a una concejalía presentar una abultada memoria de actividades a final de año: "talleres" de esto y lo otro, visitas a los colegios, etcétera. Pregunto si hay intención de reeditar alguno de los libros del autor: una nueva antología poética, por ejemplo: o si hay medios y ganas para celebrar una muestra de cine en su honor, como la que él mismo puso en marcha y todavía dura. Se habla un buen rato de estas cuestiones, pero no se acuerda nada. Al cabo, la responsable institucional llama al orden y nos pide "concretar", volviendo a las actividades de animación cultural de las que se había hablado al principio. En ese momento me levanto, ofrezco cortésmente mi ayuda para aquellas cuestiones en las que pueda ser útil, y me voy. Eso es todo. 

¿Qué hubiera dicho F. de todo esto? No lo sé. Tenía la rara habilidad de mantenerse dignamente a distancia de todo lo institucional, pero a la vez sabía cómo acertar a la hora de tocar la tecla adecuada para conseguir algo que le interesara. ¿Habría transigido con esta fundación, con tantos años de inactividad, con el uso en vano de su nombre? No es uno nadie para hablar en nombre de nadie, y menos de un difunto. Su caso, de todos modos, da que pensar. ¿Qué puede hacerse con la memoria de un escritor notable cuando muere y se sabe a ciencia cierta que tiene por delante un largo purgatorio de indiferencia y olvido? La respuesta parece obvia: una prudente y generosa política de puesta en valor de todo lo suyo, mientras se aguarda el implacable pero seguramente justo veredicto del tiempo. Otra cuestión es cómo hacerlo. (1/2/2017)

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