viernes, febrero 23, 2018

UNA VIEJA RESEÑA...

Una vieja reseña aparecida en la revista Jugar con fuego, cuya recién publicada edición facsímil ando hojeando con gran aprovechamiento estos días, me lleva a releer, o quizá a leer por vez primera con el detenimiento que merece, la antología de la poesía de Ricardo Defarges que Renacimiento publicó en 2011. Treinta y seis años mediaban entre la mencionada reseña, de 1975, y esta antología, y en esos años el casi desconocido y muy parco poeta tuvo ocasión de renacer y publicar varios libros que añadir a las "apenas cien páginas" a las que el reseñista reducía su obra editada hasta entonces. 

En contra de lo que podría pensarse, merece la pena leer viejas reseñas -si éstas han sido escritas, se entiende, por un crítico lúcido, como lo era este "Bernardo Delgado" tras el que se ocultaba un entonces descollante José Luis García Martín-: añaden al juicio crítico una nota de frescura tentativa que se pierde cuando las opiniones se asientan y se convierten en latiguillos que todo el mundo repite. Se leen estas reseñas desde el reconocimiento de que alguien haya empeñado su criterio en arrimar unas líneas -en contra o a favor, eso no importa ahora- a un libro que ha reclamado su atención desde los anaqueles de una librería. Hay en ello, también, una apelación a un posible lector cómplice, destinatario tanto de esa lejana recomendación de lectura como del libro del que ésta se hace heraldo, y que así pasa de lector a lector, por encima incluso de años y modas, hasta formar parte de ese impreciso patrimonio compartido en el que consiste la literatura. 

Es lo que me lleva a echar al bolsillo del abrigo el tomito de Renacimiento y leerlo en un café en algunas de las horas vacías que me deja mi destartalado horario escolar de este año. Ha merecido la pena, y sólo cabe lamentar que haya tardado yo tanto en aprehender el sabor de estos versos despojados, un sí es no es desolados, que hablan de los paseos de un noctámbulo, de velados encuentros amorosos, de horas de soledad y de un cierto decoro burgués asediado por los fantasmas del deseo y la desazón existencial. Me están acompañando mucho estos versos; que refuerzan, por otra parte, la creciente inactualidad de mis lecturas, mi cada vez más acentuado retraimiento social, mis gozos en la soledad. Uno encuentra en cada coyuntura el escritor que necesita. Defarges viene como anillo al dedo a mi estado de ánimo de estos días que suman ya meses. (23/2/17)

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