domingo, febrero 11, 2018

ZAS

No me cabe la menor duda de que soy una persona tímida; a pesar de que llevo treinta años dando clases, no hay día en que no me asalte en algún momento el miedo escénico. También lo noto en mi trato diario con la gente, en la incomodidad ante el mero intercambio de comentarios insustanciales en nombre de un elemental principio de sociabilidad. Soy más bien insociable, y lo soy precisamente por la dificultad para el trato cotidiano que supone la timidez. Y sin embargo, y pese a que, a todas luces, no tengo aptitudes oratorias, no me cuesta nada hablar en público, e incluso tengo a gala hacerlo sin llevar el discurso escrito. Me ocurre, por ejemplo, en las presentaciones de mis libros -ayer tuve una-. Y lo más curioso es que ese aparente desparpajo también supone un cúmulo de tensión y un palpable desgaste, que se manifiestan retrospectivamente: después me siento excitado, como cargado de adrenalina, y me cuesta conciliar el sueño. No es una sensación del todo desagradable, pero sí un exceso emocional contra el que bien merece la pena precaverse y cuya notoria gratuidad, me digo, podría guardar alguna relación con la propia irrelevancia de lo que lo provoca: la pulsión literaria, la constante sospecha de su futilidad o el temor fundado a que obedezca, si no a una impostura -que también-, sí a un sentido de la realidad más bien descacharrado.

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"No sabía yo que supieras tanto de esto", me dice M., después de haberme oído perorar sobre cine durante una hora. Y luego compone con los hombros el inconfundible gesto de quien deja en el aire la inevitable pregunta: "¿Y?".

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Experiencia laboral de R. en un matadero de pollos, a sus diecisiete años: "Llegaban colgados del cuello, en una cadena transportadora, hasta una máquina que hace ¡zas, zas! Y luego a mí me tocaba pelarlos".

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