viernes, marzo 30, 2018

AUSPICIOS



A primera hora de la mañana, de camino a la parada del autobús, se dirige a nosotros una anciana que pasea a un perrillo y con la que ya habíamos intercambiado saludos en los días anteriores. Se ve que estaba deseando pegar la hebra. Le decimos que vamos a pasar la mañana en el centro y haremos una visita a Christ Church. “Ojalá tengan suerte y estén tocando el órgano cuando entren allí”. Lo que consideramos poco menos que una bendición por su parte, que queda reforzada por el presagio que leemos en el hecho de que nos crucemos a continuación con lo que aquí llaman una corneja o cuervo gris (grey crow) llevando en el pico una ramita que imaginamos es para construir su nido. 

El auspicio de que el organista de Christ Church nos recibiera con una toccata e fuga en toda regla finalmente no se cumplió, y más bien resultó un tanto anodina la visita a ese modesto ejemplo de gótico insular en el que han tenido la humorada de exhibir, en el correspondiente museo parroquial, a un gato y a una rata disecados, que habían quedado atrapados en los tubos del órgano hace quinientos años... ¿Hemos venido hasta aquí para ver esta escena deprimente? La vida, como se constata siempre que uno emerge de las tinieblas de las criptas eclesiales, está fuera; en el caótico tráfico de Dublín, o en esa humorada de tranvía que aquí llaman, en gaélico, Lusa –pronúnciese  "Louise"–, o en los pisos bajos con ventanas sin cortinas en pleno centro de la ciudad, a la vista de las multitudes que se encauzan hacia los puentes peatonales sobre el Liffey. Para contemplar esa corriente humana, tiene uno la tentación meterse en algún pub y sentarse junto al ventanal a beber una Guinnes a temperatura ambiente, de esas que confortan como si fueran un tazón de caldo. Pero se nos ha echado encima la hora del almuerzo y los bares del centro están ahora ocupados por transeúntes hambrientos, la mayoría turistas, porque la gente del lugar se conforma, como nosotros, con comerse su sándwich –el nuestro de hoy es bastante escueto: unos trozos de huevo duro entre rebanadas de pan de molde– en alguna plaza.

Al día siguiente por la tarde hacemos el proyectado paseo a la torre Martello de Sandycove, punto de partida del itinerario de Dedalus en el Ulises. Hay gente bañándose en una pequeña rada: al parecer, lo hacen todo el año, con frío o con calor. También los cormoranes son de costumbres fijas: siempre de dos en dos, uno vigila desde una roca mientras el otro se zambulle a pescar en las aguas. En un muro han copiado con grandes letras una melodiosa frase que adivinamos una cita joyceana: "The first faint noise of gently moving water broke the silence, low and faint and whispering". Una rápida búsqueda en Google nos confirma que pertenece al Retrato del artista adolescente.

"Si quiere preguntar algo, ya sabe dónde me tiene; aunque no parece que necesite preguntar nada", me dice con cierta retranca el recepcionista de la tarde, a quien no deben pasarles inadvertidas las muestras de entusiasmo de los ingenuos devotos del resabiado Joyce. La restauración del monumento y el pequeño museo, leo en un cartel, fueron financiados por el cineasta John Huston, que debe a Joyce la inspiración de la más hermosa de sus películas, The Dead, basada en el portentoso relato que cierra Dublineses. Unos minutos antes, durante una parada para tomar un café, una de mis compañeras me había pe¬dido que le leyera el final de ese cuento. Busco el texto en el móvil e inicio la lectura de los dos últimos párrafos. "No, no, más arriba". Al final, la lectura se extiende a un par de páginas y no deja de causarme cierto embarazo que la clientela del café asista a lo que parece un pretencioso acto de pedantería por parte de un extranjero. Pero veo las lágrimas correr por el rostro de mi compañera y yo también me emociono y adivino que ese texto significa para ella mucho más que un simple recuerdo literario. A mitad de la lectura me detengo. “¿Quieres que siga?”. "Sí, por favor". Llego al final, donde se habla de la nieve "falling faintly through the universe and faintly falling, like the descent of their last end, upon the living and the dead".

A mí también me emociona recorrer, ya en la torre, el escenario concreto de uno de los textos fundacionales de la literatura del siglo XX. Del Ulises suele recordarse la enrevesada dificultad de algunos capítulos, pero no el minucioso y evocador realismo de los trozos más sustanciales y perdurables. Por estas mismas escaleras en espiral, me digo, mientras cedo el paso a un turista francés, bajó el gordo Buck Mulligan con el albornoz desceñido y en las manos el cuenco de espuma del que se sirvió para hacer la parodia blasfema de la consagración eucarística con la que se inicia la novela. Curiosa paradoja: la broma impía es una de las gotas que colman el vaso del malestar de un compañero de alojamiento que se declaraba ateo. La literatura de Joyce abunda en estas ambigüedades y eso es precisamente lo que la hace tan rica; y no, como creen algunos, la tendencia del autor a sembrar sus textos de dificultades “para mantener distraídos a los críticos durante generaciones”. Más caso habría que hacer de otra presunta boutade del autor: su afirmación de que, si Dublín fuera alguna vez destruida por alguna catás¬trofe, podría ser reconstruida con toda exactitud gracias a su libro. Ese prurito de exactitud topográfica, naturalmente, significa poco en términos de apreciación literaria; a no ser que lo entendamos como creemos que lo entendió Joyce: como el designio de infundir en el lector la convicción de que la mera materia verbal de la que está hecha la novela funda, por sí misma, un espacio habitable. Tal es la sensación que depara visitar los espacios tan cuidadosamente evocados por el autor: refrendan esa cualidad habitable de la novela, sitúan al lector en unas coordenadas espacio-temporales en las que, literalmente, ya había estado antes, en virtud de la precisión con que el autor describe, no ya los meros lugares, sino la cualidad exacta de las sensaciones que sus personajes tienen al interactuar con esos lugares. Visitar la torre Martello después de haber leído Ulises no es sólo incurrir en mero turismo literario –lo que, por otra parte, no tiene nada de malo–: es, de algún modo, dar el paso inconcebible de penetrar físicamente en un espacio que debe su presencia en la conciencia del lector al impacto verbal de un preciso mecanismo literario. No sé si me explico.

Para colmo de felicidad, esa noche en MacLoughlin's hay actuación de música tradicional irlandesa. Los músicos llegan mientras tomamos la primera cerveza y, en el intervalo, trasiegan tres o cuatro, antes de poner manos a la obra. Oímos unos cuantos temas instrumentales, que invitan a bailar, y una conmovedora balada. Con esa música en los oídos tomamos el autobús de vuelta. (30/3/17)

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