jueves, marzo 29, 2018

BRAY





También la mañana de hoy amenaza lluvia. El tren de cercanías nos ha llevado a Bray, cuya remozada estación está decorada con unos mosaicos coloristas y un tanto naïfs que muestran distintos momentos de la historia irlandesa. En el que representa la época actual, un perrillo corre por el andén de la estación llevando en la boca un periódico en el que se lee Peace at last! A los pies del mosaico, y como para desmentir su bienintencionado mensaje, se sienta un hombretón ra-pado que viste un chaleco sin mangas cuajado de remaches e insignias. Sólo le falta la moto para parecer un Ángel del Infierno. Pero cuando una de mis compañeras le indica que quisiera hacer una foto del mosaico, le falta tiempo para hacer el amago de apartarse. Mi acompañante fuerza un poco más su suerte: le dice que no es necesario que se quite, siempre que no le importe salir en la foto. El hombre parece encantado de posar para la forastera, y si acaso frunce un poco más el ceño, como para acentuar la imagen hosca con la que imagina que ha captado su atención. 

La visita a Bray es rápida: un breve paseo hasta la iglesia, inesperadamente concurrida en la misa de diez, pese a ser día labora¬ble; una ojeada al pujante comercio local, incluida una librería bastante bien surtida, y un café con bollos en una pastelería italiana. Esa tarde repetiremos el trayecto de ayer: a Malahide, en un ramal de la misma línea ferroviaria. También Sarah repite, algo preocupada porque la larga excursión termine con retraso y le complique sus planes de esa noche, en la que tiene una especie de fiesta para despedir a un compañero que cambia de trabajo. “Mañana no estaré muy habladora”, me guiña, anticipando la resaca. Me alegra que ponga esta nota frívola sobre su impalpable melancolía. En su conversación, he observado, hay menciones recurrentes: la infancia idealizada, su homosexualidad, el hermano suicida. Al paso del tren por Dublín, y ya en la problemática orilla norte, me señala una manzana de apartamentos de aspecto derrengado. "Mi casa", me dice. Paga 250 euros por el alquiler compartido. Vive al día, no hace planes para el futuro. Ahora el melancólico soy yo, que pienso en mi hija y en su misma apuesta por esquivar las obligaciones que conlleva la aspiración a la vida burguesa, convertida en una meta inalcanzable en estos tiempos de crisis.

Por contraste, nos enteramos de que la poderosa familia Talbot, dueños del castillo de Malahide hasta que la coyuntura inflacionaria de los años 70 los obligó a venderlo, vivió en la finca durante ochocientos años ininterrumpidos. Lo dice una imponente monitora, hermosa y poderosa como el personaje de Maureen O’Hara en El hombre tranquilo; y también, como ella, pelirroja. Me gusta su inglés de vocales abiertas y rotundas, tan asequible para el duro oído de los españoles. Habla, además, con esa claridad impostada que caracteriza a las personas acostumbradas a un público proclive a distraerse. Sabe que el interés decae cuando el relato no incluye detalles melodramáticos. No faltan en la historia irlandesa: por ejemplo, el detalle de que la capilla del castillo, propiedad de una destacada familia de la aristocracia católica, fue clandestina durante muchos años. No falta la mención al inevitable fantasma del lugar. Pero aquí los fantasmas no se recluyen en las sombras: están presentes en las plazas públicas, en los rótulos de las calles, en las páginas de los libros. 


Ha sido un día largo y esa noche ni siquiera tenemos fuerzas para la habitual cerveza en MacLoughlin's. Esta vez el gato ha elegido acurrucarse en mi cama. Con infinito cuidado lo aparto de allí y me tiendo a leer unos poemas de Yeats, antes de caer dormido. (29/3/17)

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