domingo, marzo 04, 2018

DIES IRAE

Bastaría con aplicar una cerilla y todo sería más sencillo. Pero hay como una especie de logro de la supervivencia en el hecho de encender el fuego a partir de las brasas de ayer; como quien reafirma que en la vida no hay saltos ni recomienzos, sólo un esfuerzo continuado por mantener vivo y pujante lo que, sin ese empeño, tiende por sí solo a extinguirse.

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Un poema de Defarges sobre la película Dies irae de Dreyer me lleva a buscarla entre mis viejas cintas de vídeo y volver a verla. Y me impresiona más que las otras veces que la he visto, tal vez porque el cine de Dreyer se acompasa bien a las enseñanzas de la edad, que permiten entender mejor las enormes complejidades de este drama aparentemente simple. Una mujer acusada de brujería denuncia, antes de arder en la hoguera, a la difunta madre de la joven esposa del propio párroco que la ha condenado, lo que eventualmente pondrá a ésta en la tesitura de confundir su creciente desapego de su marido y su enamoramiento del hijo de éste con los poderes diabólicos que presuntamente había poseído su madre. Cuando el párroco muere y la mujer comprueba que su enamorado, atormentado por la culpa, está dispuesto a prestar oídos a la acusación de brujería que recae sobre ella, acusada de haber deseado y provocado la muerte de su marido, la joven acepta los cargos y la condena a ellos aparejada: no sabemos si porque realmente está convencida de poseer esos poderes o por despecho al constatar que ha perdido el afecto de su amado. Dreyer no toma partido, pero deja planteadas toda clase de dudas sobre la verdadera condición de nuestros afectos y creencias y la relación de éstas con su contexto histórico y cultural. ¿Somos libres para sentir lo que sentimos? ¿Somos capaces de interpretar adecuadamente nuestros sentimientos, sin que en esa interpretación intervengan los prejuicios de nuestro tiempo? ¿Pueden ser estos prejuicios, en último término, una pantalla que disfrace o disimule el juego elemental de las pasiones? ¿Puede convenirnos, en un momento dado, acogernos a ellos? Todo esto queda en el aire, junto con la evidencia de que un horror colectivo puede ser el resultado de la conjunción de una suma de actuaciones individuales perfectamente inocentes e incluso bienintencionadas. Conviene tenerlo en cuenta, especialmente cuando nos sentimos imbuidos de esa especie de embriaguez de creernos en posesión de la razón. Lo apropiado, en ese caso, es poner en cuestión nuestra propia posición en el caso que estemos juzgando. No vaya a ser que, como los atribulados personajes de Dreyer, confundamos instinto con pecado, deseo con posesión diabólica y afán de restitución con mera crueldad.

Me he quedado dormido dándoles vueltas a estas cosas.

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El pánico de la gata cuando ve que dormimos más de lo habitual. La desazón ante la rutina vulnerada, que es siempre un indicio de que el orden en torno al cual construimos nuestra vida ha empezado a quebrarse. Los animales acaban siempre pareciéndose a sus amos.(4/3/17)

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