domingo, marzo 11, 2018

HALAGADO

Semana intensa la que dejo atrás, anticipo sólo de las que vendrán. Y es curioso que la primera víctima de estas rachas de ajetreo sea siempre este diario. El año pasado, recuerdo, sufrió un parón precisamente por estas fechas. El curso escolar llega a su punto álgido, surgen también algunos compromisos literarios que van pautando las semanas, y las pocas tardes que quedan libres apenas bastan para cumplimentar la reseña del mes, la columna de cine de la semana, la página que leerá uno en tal o cual presentación, etcétera: esa no-vida tan frecuentemente asociada a la vida literaria propiamente dicha, que no es otra cosa que horas de trabajo ante un ordenador. 

Aún así, me las arreglo para acudir a este cuaderno en la tarde de un sábado. La semana ha girado en torno a la presentación de mi libro de cine el jueves pasado. ¿Cómo fue?, me preguntan los editores, incluyendo una referencia expresa al número de asistentes. "Cincuenta o sesenta", les digo. "La sala llena". Es verdad, pero es muy posible que haya sobrestimado el aforo del local, que quizá cuente con algunas plazas menos. La novedad, de todos modos, es que entre el público había algunas caras desconocidas; lo que quizá tenga algo que ver con el hecho de que este libro apela a saberes compartidos, y no a ese intransferible fondo de subjetividad al que suele remitirse la literatura puramente expresiva. Quiero decir que está claro que un ensayo de asunto de interés general tendrá siempre más aceptación que un libro de poemas, por ejemplo. Claro que eso depende también de quién sea el ensayista y quién el poeta. El caso es que la librera al cargo de la mesa de ventas parece satisfecha al final del acto. Y uno, que no va a recibir por las ventas de este libro más beneficios que por los de libros anteriores -es decir, nada-, se da por contento también. De lo que se trata es de que la rueda siga girando. Aunque quizá sea el momento en el que uno debería dar un paso atrás y comprobar hasta qué punto el impulso es autosuficiente o depende del modesto empuje que uno sea capaz de insuflarle.

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Constato que buena parte de mi producción literaria está en plataformas de descargas gratuitas (e ilegales, imagino); lo que supongo que debería importar más a mis editores que a mí mismo. En todo caso, no sé si sentirme halagado: que alguien se haya molestado en escanear y colgar los pedeefes de todos mis libros viene a certificar, al menos, que hay en el mundo quien confía en que alguien querrá leerlos. Debería estarle agradecido por ello.


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Esta amiga se cree obligada a llamarme cada vez que lee en los diarios alguna noticia relacionada con lo que podríamos llamar el aspecto sociológico de la literatura. "¿Te has enterado de que han confirmado a X. en su cargo? Hasta ayer mismo iba por todas partes diciendo que se había quedado en el paro. En ese intervalo, sus valedores han montado un simulacro de concurso público de méritos o algo similar. Que, naturalmente, ha ganado él". Le digo que no sabía nada de eso, pero que, en todo caso, no me extraña: X. no ha tenido jamás nada que se parezca a un empleo, y sí una sucesión de encomiendas que le han permitido no sólo ganarse la vida, sino incluso adquirir cierto renombre literario, por esa capacidad de atracción que el poder periodístico o administrativo ejerce sobre quienes creen necesario acudir a su reclamo como las moscas a un trozo de basura. Nunca se lo he reprochado, e incluso me ha parecido divertido... Aquí mi amiga me interrumpe: "¿Y qué me dices de esa imagen que pretende dar de inveterado rebelde? Para ser un rebelde, le va bastante bien en sus relaciones con el poder". Le digo que no me explico cómo ella, viviendo en un pueblo de la sierra y absolutamente al margen de esas intrigas, se sofoca por esas cosas. "Aquí también llegan los periódicos", me responde. "Ya veo que no te gusta que te hablen mal de tus amigos". Y cuelga, me parece que un tanto ofendida. (11/3/2017)  

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