miércoles, marzo 28, 2018

HOPEFULLY!



La llovizna intermitente me ha hecho refugiarme, primero, en los semisótanos de la National Library, que acogen una sugerente exposición sobre el poeta W. B. Yeats, y luego en la cercana National Gallery, donde veo la colección de pintura europea y compro algunos libros. Finalmente, después de aprovechar unos claros para sentarme a ver pasar a la gente en el paseo que bordea la orilla del Liffey, me hago un hueco en The Palace, el histórico pub con resonancias literarias que abre sus puertas a Fleet Street. Ante la consabida media pinta de Guinnes –no son más de las cinco–, anoto impresiones. Mi agrado, por ejemplo, al encontrar en la National Gallery el cuadro Stella in a Flowered Hat de Kees van Dongen, un fauvista al que me he aficionado desde que vi algunos cuadros suyos en una muestra reciente en Madrid; o la sorpresa de ver, en la exposición sobre Yeats, el ejemplar que el poeta tenía de Walden de Henry David Thoreau, cuya lectura le inspiró su más famoso poema, "The Lake-Isle of Innisfree". Pero lo que realmente quiero anotar es mi impresión de Sarah, mi interlocutora esa mañana en el largo trayecto en tren hasta la península de Howth, donde la niebla y la amenaza de lluvia no nos permitirían llevar a cabo el pro¬yectado paseo por los acantilados. Hay también una referencia joyceana de por medio: en el célebre monólogo que cierra el Ulises, Molly, la mujer de Leopold Bloom, recuerda que fue en ese lugar donde su futuro marido la poseyó por vez primera. Sarah aprecia el detalle, que ignoraba: también el Ulises, como el gaélico, forma parte aquí de ese acervo de cosas que se aprenden en la escuela, pero que luego tienen difícil encaje en la vida diaria. 
Sarah tiene veinticinco años, ha trabajado en Nueva Zelanda –donde vivía un hermano suyo, que se suicidó– y en una cafetería de Dublín y vive en un modesto apartamento que comparte con su novia –lo dice sin ningún énfasis militante, lo que entiendo como una muestra de confianza, que aprecio– y un amigo a quien conoce desde el parvulario. A pesar de que su familia es católica, se educó en una escuela protestante: sus padres, católicos liberales, querían ahorrarle la carga del adoctrinamiento que caracteriza la educación en la confesión dominante. La iglesia, me dice, ha perdido últimamente gran parte de su influencia en la población, y muy especialmente entre los jóvenes, en parte debido a la oleada de escándalos sexuales relacionados con sacerdotes, aunque también, matiza, porque los jóvenes viven su espiritualidad de otra manera, más tolerante y ecléctica. Esto último lo remata con un Hopefully!, un voluntarioso adverbio que lo mismo puede traducirse por "ojalá", que como "quizá" o "con suerte". Ante la convicción que emana de sus limpios ojos grises, cuesta contradecirla. Aun así, me aventuro a decir que los hechos parecen desmentir esa bienaventurada visión de un futuro exento de tensiones confesionales. Sensatamente, me replica que los pasos atrás son siempre una parte inevitable del progreso. Lo dejamos ahí.


A la vuelta de mi paseo dublinés he quedado con mis compañeras para cenar en McLoughlin's: cerveza y fish-and-chips. En la pantalla de un enorme televisor, las imágenes silenciosas de un partido de fútbol que se está jugando en ese momento en el estadio de Dublín. En el viaje de vuelta he compartido trayecto con la multitud que se dirigía a ese partido y felizmente se apeó, dejando el vagón vacío, en la estación de Lansdowne. Una marea humana vestida de verde. (28/3/2017)

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