lunes, marzo 26, 2018

LAS PALABRAS DE MAX


“Dicen que la crisis ha terminado, pero la verdad es que la gente joven no lo nota”, afirma Max, de veinticinco años, que alterna sus estudios de psicología –esta semana anda ocupado con sus últimos essays o trabajos fin de carrera– con su empleo de guía para grupos de estudiantes extranjeros que vienen a Irlanda a aprender inglés. El espléndido día de sol con el que ha querido sorprendernos la imprevisible primavera irlandesa nos ha traído a Glendalough, un hermoso paraje a apenas una hora en coche de Dublín. Hemos comido el parco almuerzo que nos ha preparado Jennie y ahora descansamos sobre la hierba. A Max le fascina, entre otras cosas, la "psicomagia" del chileno Alejandro Jodorowsky, de quien recomienda vivamente La danza de la realidad –ahora no sé si el libro o la película–. Parece feliz de haber encontrado interlocutores leídos y se expresa con la ufanía de quien tiene recientes sus descubrimientos y no ha tenido tiempo de reconsiderar sus entusiasmos iniciales. Por sintonizar con él, le hablo de Carlos Castaneda, del chamanismo, de la poesía de William Blake… Parece mentira ocuparse de estas cosas intangibles mientras el espectáculo palpable de la primavera se despliega de un modo tan intenso ante nosotros, poniendo en juego toda su gama de contrastes: el dramatismo algo impostado de los cementerios adornados con venerables cruces célticas cubiertas de musgo, por ejemplo, y el bullicio de los centenares de adolescentes de todas las naciones que corretean a nuestro alrededor. Pero hay también un cierto regusto sensual en el hecho de añadir a esta eclosión de sensaciones ese "placer del pensamiento abstracto" al que irónicamente se refería el poeta Gil de Biedma en su "Himno a la juventud". De hecho, se me ocurre ahora, al hacer estas anotaciones, que, de alguna manera, la situación a la que me acabo de incorporar –mis dos bellas acompañantes tumbadas en la hierba, dando conversación a un chico guapo– debe mucho a esta at¬mósfera de sensualidad a flor de piel. Antes de despedirse, Max nos promete reservar una tarde de su ajetreada semana de fin de semestre para tomarse una cerveza con nosotros en el Kingston, su pub preferido en Dún Laoghaire, cuyo nombre evoca sin rencor –lo he observado en otros topónimos claramente reminiscentes de la dominación inglesa y que a nadie parecen molestar– el que la localidad tuvo antes de la independencia y aparece en el Ulises: Kingstown.

Como para confirmar que la realidad cuenta, efectivamente, con esa dimensión añadida, en un puesto de libros del mercadillo dominical de Dún Laoghaire me salen al paso al menos una decena que me tientan. Renuncio a llevármelos todos, por miedo a cargar demasiado la maleta y por esa especie de principio básico del ojeador de libros por el que se da por seguro que todo libro que se deja escapar -por ejemplo, una excelente y voluminosa antología del soneto en lengua inglesa, a la que renuncio por su envergadura- no es sino un libro que queda emplazado para alguna ocasión futura, en otro mercadillo o librería de viejo. Aun así, me echo al coleto un ejemplar de Selected Cautionary Verses de Hilaire Belloc -pienso en cómo se relamerían ante el hallazgo mis amigos chestertonianos-, más uno de los tomitos misceláneos de la serie Modern Poets de Penguin -hay varios: yo sólo me llevo uno de muestra- y una edición de A Shropshire Lad de A. E. Housman, de cuyos versos sobre las flores del cerezo me acordaba ayer. 

"¿Cómo ha ido el día?", nos pregunta nuestra patrona por pura fórmula y sin que se adivine en ella la menor gana de entretener a extraños. Menciona de paso sus dolores de espalda, que deben de ser los responsables de su mal humor. Por hablar durante la cena de algo que la distraiga, aprovecho la presencia de su perrita para comentarle que mi hija tiene también un perro; y que, a diferencia de la apacible Molly, es muy nervioso e impaciente y tira constantemente de la correa cuando se le saca a pasear. Parece que he tocado la tecla apropiada: a nuestra anfitriona se le olvidan sus dolores y nos ofrece una detallada demostración práctica de cómo educar a un perro para que aprenda a andar al paso de su amo. Los aspavientos con los que acompaña su demostración hace que la comida que tiene pinchada en el tenedor salga disparada y aterrice en algún punto del suelo del comedor. A ella no parece importarle: su interés se centra ahora en hacerme ver lo inútil de dirigirse a un perro en actitud de ruego; por el contrario, hay que impostar un tono de mando que el perro pueda reconocer como tal. Para demostrárnoslo, de su garganta sale un grito ronco y hondo, que nos hace dar un respingo. Le prometo transmitir fielmente a mi hija sus indicaciones. 

Tomamos la cerveza de fin de jornada en McLoughlin's, una acogedora taberna en George Street donde suena de fondo, a un nivel auditivo muy aceptable, una variada banda sonora de canciones de los 70. Mis compañeras comentan la jornada, poniendo el énfasis en los encantos (intelectuales, se entiende) de Max. Yo paladeo despacio mi Guinnes de grifo, como quien incorpora a su tejido vital una interesante doctrina sin la cual no se explica cómo había podido vivir hasta entonces. De pronto, la voz de mando con la que Jenny interpela a sus perros me ordena despertar. Ya estoy en casa, delante de esta libreta. (26/3/2017)

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