martes, marzo 27, 2018

REVOLUCIONES

Annie, diecinueve años, pelirroja y con pecas. "Nadie diría que mi madre es española; y lo curioso es que mis otros tres hermanos son morenos como ella. Yo soy la única que ha salido así". Dejó sus estudios de Filosofía a mitad del primer año y ahora trabaja en lo mismo que Max, mientras espera el comienzo del próximo curso, en el que hará Economía ("Business"). "Al fin y al cabo –dice, ensayando un cinismo que quizá no cuadra del todo con su cara de adolescente asustada–, las dos carreras se ocupan de lo mismo: de cómo manipular a la gente". No sé qué responder. Es su primer día de monitora y mira con aprensión al grupo de estudiantes, no mucho más jóvenes que ella, al que le han encomendado pastorear por las calles de Dublín. Ha pensado en llevarlos a Temple Bar, el barrio más antiguo de la ciudad, presuntamente construido sobre las trazas del primitivo asentamiento vikingo. "Hay muchas tiendas y seguro que les encanta comprar recuerdos para sus familias. Eso sí, ojo con los bolsos y carteras. Hay muchos ladrones por esa zona". No es la primera advertencia que me hacen sobre los peligros de Dublín, por más que, ante la extrema amabilidad de la gente que vamos encontrando –con la notable excepción de los conductores de autobuses–, es difícil creer que existan esos barrios peligrosos en los que, según nos han dicho, es mejor no adentrarse y que al parecer se concentran en la orilla norte del Liffey, que es precisamente la zona por la que transcurre la primera parte de nuestro paseo, desde la estación de Connolly hasta las inmediaciones de la Aduana, escenario de importantes hechos de armas en el levantamiento de Pascua de 1916. 

Me cuenta todo esto como ensayando la explicación que habrá de dar al bullicioso grupo que ocupa casi la mitad del vagón en el que viajamos. Le llamo la atención sobre las resonancias joyceanas que tienen para mí los nombres de casi todos los hitos del camino, desde la estación de partida, Sandycove, inmediata a la torre Martello, hasta la playa de Sandymount, cuyas crujientes arenas inspiraron a Dedalus la sarta de asociaciones sensoriales que ocupa el capítulo tercero del Ulises. "¿Le gusta la literatura?", me pregunta. Y pasa a referirme sus lecturas para la materia correspondiente en el último semestre de su arrumbada carrera: El rey Lear y El mercader de Venecia de Shakespeare –"No están mal", sentencia–, la poesía del hoy gloria nacional y premio Nobel Seamus Heaney, que le entusiasma, y también alguna obra teatral de O'Casey, que sospecho que no le ha producido ni frío ni calor. Aprovecho para preguntarle si habla gaélico. Todos a quienes he hecho esa pregunta me han respondido lo mismo. "Lo he estudiado en la escuela desde los cuatro años y no sé decir ni mi nombre". En cualquier caso, encuentra justificado el esfuerzo: "Sería una pena que se perdiera", me dice. Y asiento, en parte porque creo que no deja de tener razón, pero también porque no me parece oportuno esbozar ahora mi melancólico parecer de que también las lenguas, como las personas, merecen que se les permita morir en paz, sin obligarlas a experimentar una larga y penosa agonía en nombre de consideraciones ajenas a ellas. 

Mi interlocutora aprovecha la pausa para sacar su almuerzo: un bocadillo y un plátano. Estamos ya en Connolly y parte del grupo se ha lanzado a un mostrador de bebidas calientes del que emana un estimulante olor a café. Pese a mi insistencia, Annie se niega a aceptar que la invite: sería unprofessional, me dice. Frente a nosotros, la bulliciosa Talbot Street extiende sus limpias líneas de fuga, que conducen al inverosímil monolito de acero de doscientos metros de altura que señala la intersección con O'Connell y conmemora a las víctimas del levantamiento de Pascua. La memoria colectiva de Dublín abunda en estos recuerdos dolorosos. Interrogo con la mirada a mi acompañante. Pero, pese a sus anteriores muestras de pretendido cinismo, no me parece que se pueda esperar de ella lo que oí decir a otro dublinés al respecto: si los irlandeses hubieran esperado unos años más para hacer su revolución, los ingleses habrían tenido tiempo de construir el proyectado metro –previsto, al parecer, para 1922– del que todavía hoy carece Dublín. (27/3/2017)

No hay comentarios: