sábado, marzo 31, 2018

THE SNOTGREEN SEA



La cena de la noche anterior ha tenido aires de ceremonia de despedida, cada cual ante su ración de pollo guisado y verduras cocidas y, en medio de la mesa, como novedoso añadido a la habitual mezcolanza de vasos, tazas, cosas del desayuno, envases de pan de molde y bollería, servilletas, etcétera, en que consiste la mesa en la que hacemos todas nuestras comidas, una salsera de gravy (salsa de carne). Con el paso de los días nos hemos ido habituando a ese desorden, tan característico de la casa como la presencia de la perrita y el gato o los cambios de humor de la dueña, que adivinamos relacionados con sus dolores de espalda, así como con cierta ansiedad por encontrar el momento de mantener largas conversaciones telefónicas o por ordenador con la hija que saca a colación cada vez que puede... Con cierta maldad, A. dijo el otro día que la hija no existe, que es una invención de la fantasía de esta mujer solitaria y un tanto abrumada de manías. En cualquier caso las alusiones a sus compromisos familiares son más bien confusas: un día, nuestra anfitriona anuncia una inminente conversación telefónica con su hija y, acto seguido, se sienta a ver tranquilamente la televisión sin que se advierta que hable con nadie; otro, nos anuncia muy alterada que la hija ha tenido un accidente de tráfico, al parecer sin consecuencias, y luego la oímos charlar largamente en la cocina con una misteriosa visitante que ha venido a dejarle un perro enorme; otro, se muestra enfadada porque hemos llegado tarde a cenar -es la hora de siempre, las seis y media, pero ese día al parecer se nos esperaba a las seis- y ella había quedado con una hermana suya: en la mesa, el arroz que acompaña el pollo al curry se ha quedado apelmazado; otro día, finalmente, el visitante es un americano joven que habla algo de español y es también dueño de un perro que esa tarde se queda en casa... Como resultado de esos compromisos, no siempre se sienta a cenar con nosotros. Hoy sí, quizá en atención a que es nuestro último día. La conversación gira en torno a los huéspedes que nos han precedido; casi todos encantadores, afirma, aunque ella parece recordar mejor a los impresentables: desde un jovencito lanzado que miraba de un modo peculiar a su hija -siempre presente en cualquier tema de conversación-, hasta el punto de que ella hubo de mencionarle el hacha del cobertizo del jardín como instrumento de castración, a otro a quien dejó una noche en la calle por presentarse borracho. Menciona también a "un negro con cara de gorila" -aunque ha añadido alguna expresión de disculpa por el evidente tono racista del comentario- que protagonizó un incidente similar y acabó en manos de la policía... La conclusión es que su posición de viuda que vive sola y recibe huéspedes le ha proporcionado, junto con sus estancias en diversos países del mundo mientras vivía su marido, un amplio conocimiento de la condición humana en todas sus facetas. Respecto a la generación más joven no se hace ilusiones: de gente que se pasa el día con la mirada fija en la pantalla de un teléfono móvil, sin atender a los gestos de sus semejantes, no se puede esperar nada bueno... Este pronóstico pesimista parece dictar también su obsesión con la seguridad de su hogar: las ventanas abatibles están siempre cerradas con llave y sólo se abren para ventilación en breves intervalos. Manías de mujer sola, quizá, aunque ya hemos comprobado que la obsesión con los robos es compartida por gente más joven.

A la mañana siguiente, mientras esperamos el autobús que ha de llevarnos al aeropuerto, me asomo de nuevo al paseo marítimo de Dún Laoghaire y me despido mentalmente de este mar verdoso –the snotgreen sea, el "mar verde moco" del que hablaba el cargante Mulligan en su pretensión de obsequiar un “epíteto homérico” a los "bardos irlandeses"–. En el vuelo de vuelta, unas americanas de ascendencia irlandesa que ya iban borrachas cuando se subieron al avión son reprendidas por el sobrecargo, que incluso les confisca algunas de las botellas que han comprado en el duty free. "Primero nos venden el alcohol y ahora se quejan de que nos lo bebamos", grazna una de ellas. Van a Málaga a pasar el fin de semana y ya han empezado la juerga. Joyce no hubiera dejado de sacar partido a la situación, muy posiblemente en clave misógina: Circe, recuérdese, es la hechicera que convierte en cerdos a los hombres, como hacen las prostitutas de Dublín con Dedalus y Bloom en un célebre pasaje de la novela. Una de las borrachas de nuestro vuelo ha dirigido algunos piropos subidos de tono a un tímido y guapo adolescente que regresa de su viaje de estudios. Ha tenido uno la tentación de intervenir, de brindar al chico una mano paterna para sacarle del atolladero. Bloom y Dedalus vuelven a encontrarse. La pena es que a mí, a mis años, me corresponde ya el papel menos favorecedor.
 (31/3/17)   

1 comentario:

Anónimo dijo...

Depende de lo que se entienda por "favorecedor". Para mí, es claro que el protagonista del Ulises es Bloom; Dedalus, un deuteragonista algo desplazado, bastante pedantuelo y menos inteligente de lo que se cree: una crítica, voluntaria o no, del papel que el propio Joyce se atribuía a sí mismo años atrás. Yo me quedo con Bloom, y creo que Joyce también.

Gatoflauta