lunes, abril 09, 2018

ALGO EN MÍ

Leo A Shropshire Lad ("Un muchacho de Shropshire") de A. E. Housman en el ejemplar que compré en el mercadillo dominical de Dún Laoghaire. Quién hubiera dicho que esta colección de poemillas aparentemente muy simples, ajustados a las formas de la balada tradicional, iba a salirme al paso precisamente en este escenario y en una etapa de mi vida en la que mi estado de ánimo parece en sintonía con lo que ellos expresan: un sentimiento de infinita piedad por la juventud malbaratada, por el desperdicio que supone acabar con la propia vida en nombre de un amor contrariado, una momentánea pérdida del sentido de la realidad o una bala extraviada en una guerra absurda; cuando no -y es la posibilidad más temible-, por un exceso de autoconciencia, que hace que la vida presente suponga una insoportable carga, que no existía en una añorada fase prenatal, anterior a la existencia misma, ni existirá después de la muerte. 

El libro ahonda especialmente en esta última especie de la desesperación autoinducida; y es curioso que ese nihilismo absoluto fuera del agrado, al parecer, de los miles de lectores que tuvo en un intervalo que abarca la sangrienta guerra de los Boers y las dos guerras mundiales. La explicación, quizá, radica en lo ya dicho: que, por encima de ese nihilismo predomina un sentimiento de piedad madura, diríamos que bien informada, hacia todo ese desperdicio de ilusiones y vidas. 

Muchos lectores encontraron quizá esperanzadora la posibilidad misma de esa mirada ecuánime, que implicaría un principio de aceptación de tanta desgracia. Lo que está claro es que sobre la popularidad del libro no pesó en ningún momento el principal argumento crítico al que parecen ceñirse sus comentaristas de hoy: el presunto carácter homoerótico de la poesía de Housman, que se da por sentado desde que su hermano Laurence, en función de albacea literario, hizo público el contenido de una carta del poeta en la que al parecer -la carta no se conserva, y hay incluso quien duda de su existencia- éste se mostraba bastante explícito al respecto. Sea como sea, no es necesario en absoluto conocer las inclinaciones amorosas de Housman para compartir la peculiar mezcla de desesperanza y contención que trasluce su libro más conocido. A mí me había salido al paso otras veces y no me había interpelado con la fuerza que lo hace hoy. Algo en mí me predispone ahora a entenderlo mejor. (9/4/2017)

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