viernes, abril 20, 2018

CASA DE COMIDAS


Al menos una vez por semana nos gusta almorzar en cierto restaurante de menús del día en el que comen los trabajadores del polígono industrial cercano: es barato y la comida es buena, y además ese día nos ahorramos cocinar y fregar platos. No hay florituras ni ceremonias: al entrar, te dan una fotocopia con el menú y hay que anotar la comanda en un papelito adjunto. La comida llega a la mesa a los pocos minutos, y en cuanto la camarera, que también cocina, ve que estamos finiquitando el primer plato, planta en la mesa el segundo, no exactamente con brusquedad, pero sí con la presteza deportiva de un ama de casa que no quiere que la comida se alargue indefinidamente y está deseando acabar con el zafarrancho para echarse a descansar. Así es la rutina, semana tras semana, y ya incluso puede decirse que la camarera nos ha hecho la ficha: ya sabe que nunca vamos más de una vez por semana, que no me gusta el queso -si sospecho que ese ingrediente aparece en el plato, lo pregunto-, que nos lo comemos todo -las raciones son generosas y hay muchos comensales que dejan la mitad de un plato para disfrutar del otro- y que desde luego no somos trabajadores de las fábricas y talleres circundantes. 

Hoy nos hemos sentado frente al mostrador, con vistas a la puerta del salón en el que se come exclusivamente a la carta y por todo lo alto: mariscos y pescados de la zona, más allá de la humilde merluza en rodajas y las acedías fritas que a veces incluye el menú del día. En una mesa que debe ocupar el ángulo ciego que se encuentra a la izquierda de la entrada al salón, según la vemos nosotros, han devorado ya dos bandejas de cigalas -vemos pasar, de vuelta a la cocina, las fuentes llenas de cáscaras- y han pedido otras dos, a las que siguen, apenas unos minutos más tarde, dos fuentes de carabineros y luego otras tantas de espectaculares almejas. En la parte, digamos, menesterosa del local nadie, salvo nosotros, parece reparar en ese despliegue. Todo el mundo come más o menos en silencio -el comedimiento general es otra de las características de la concurrencia- y abundan quienes acompañan el menú con agua mineral en botella de plástico: quieren evitar la somnolencia añadida que les produciría beber vino o cerveza. No así en el salón de al lado: una muchacha desenvuelta, un poco entrada en carnes -lo que más bien la favorece, teniendo en cuenta que luce con garbo unos ajustadísimos vaqueros- ha salido del salón y ha pedido a la camarera que atiende el mostrador, y a la que trata con familiaridad, que mande para adentro otra botella de vino... 

Quisiera uno hacer una metáfora de todo esto. Pero no. "Una cosa está clara", me dice M. A. con maldad característica, "el precio de esa mariscada no va a salir del bolsillo de quienes se la están comiendo". Es posible: tal vez celebran un nuevo contrato y llevan allí al cliente, para contentarlo. O tal vez -se me ocurre este pensamiento sombrío- celebran lo que van a ahorrarse en gastos de personal gracias a un nuevo ajuste de plantillas o un nuevo recorte de los sueldos. Pero no hay que ponerse trágicos. Quizá el hecho de que estén allí, enchaquetados, a la hora en la que otros que ganan mucho menos están ya echados en el sofá y disfrutando de la siesta, y de que estén entre compañeros de trabajo y no entre amigos o familiares, basta para calificar la situación como lo que es: una obligación más, asociada al trabajo. A ellos les ha tocado la parte en la que se comen crustáceos caros, mientras que a otros les toca el menú del día. Bien está, me digo, mientras éste no falte. Pero quizá es que yo también he comido demasiado y ya me están afectando los vapores de la digestión, que será larga. (20/4/17) 

No hay comentarios: