miércoles, abril 25, 2018

EL MOSQUITO


Aparece el primer mosquito nocturno de la temporada pre-estival: zumbón, hiriente, escurridizo y causante de una casi inexpresable aprensión. Lo oigo cernerse sobre mi oído derecho, en la oscuridad, y hago un impremeditado movimiento con la mano para atraparlo o aplastarlo. El zumbido desaparece, pero sólo por unos instantes: vuelvo a percibirlo, indeciso, a una cierta distancia de mí, como a la expectativa de un nuevo ataque que no tarda en producirse. Enciendo la luz y lo busco, en vano; debe de andar oculto entre las sombras. Vuelvo a apagar la luz y me resigno a conciliar el sueño con la cabeza bajo la sábana. Una vez dormido, ya no me importará que me pique o que se aburra: lo verdaderamente angustioso es asistir con plena conciencia a su amenazante presencia en la oscuridad, a pocos centímetros de tu cabeza. Ya Quevedo, a quien no arredraba escribir sobre estas pequeñeces de la vida cotidiana, le dedicó el correspondiente soneto, en el que le reprochaba precisamente esa manera peculiar suya de anunciarse con un zumbido antes de picar, y de preferir hacerlo, a lo que parece, en las inmediaciones del oído, donde es seguro que la víctima no dejará de percibirlo... De poco consuelo me sirve esa noble referencia literaria: la incomodidad causada por el mosquito y por la molestia de dormir con la cabeza tapada, acalorado e inquieto, ha terminado de desvelarme, o acaso de reavivar otros indicadores de una nula predisposición al sueño. Ahora es la digestión la que se hace notar, así como el recuerdo de una vieja lesión de hombro y una especie de calambre de la pierna izquierda que aparece, precisamente, cuando otros factores se conjuran para impedir el descanso. El mosquito ha vencido. Me paso la noche redactando mentalmente esta nota. (24/4/17)

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