miércoles, abril 11, 2018

GORRIONES


De nuevo, la fiesta como azar: de un rato en la terraza del bar de la plaza surge la ocasión y la compañía. Luego cada cual aporta al fondo común su previsión de almuerzo: las tagarninas recién cogidas, el guiso de sangre en tomate, unas chacinas, un puerro cocido y preparado en ensalada. Alimentos sencillos, sin pretensiones. Todo sabe exquisito en la cocina acogedora. También la conversación gira en torno a una tácita voluntad de armonía. La siesta, luego, es larga y abrumadora: ha digerido uno en ella, no sólo el exceso de comida y bebida, sino también una especie de sobreabundancia de calor cordial. Ahora la tarde, lo que queda de ella, es desabrida: la conciencia casi tan embotada como la voluntad.


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Los gorriones, dice el periódico, se están extinguiendo. Como para desmentirlo, o quizá para poner una nota dramática en mi sentimiento de contrariedad, un gorrión se descuelga de un canalón y acude a picotear unas migas. ¿O es, acaso, un verderón? Pero no quiero que mi ignorancia añada o reste a mi sentimiento de alarma. Pregunto a un convecino. "¿Gorriones? Aquí no se ha notado que falten. Y, de todos modos, ¿quién se ha parado a contarlos?". 

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Constatar que un poeta que no te gustaba empieza a gustarte... Y leerlo con la atención añadida de quien ensaya una disculpa. (11/4/17)

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