martes, abril 10, 2018

LA NOVELA DEL VIAJE




 En la primera tarde vacacional, pinto dos acuarelas a partir de las fotos que he traído de Dublín. Tengo desde hace años la superstición, o quizá el prejuicio, de que las fotos por sí mismas -me refiero al tipo de fotos triviales y casi siempre torpes que suele hacer un turista- dicen poco del momento en que fueron tomadas, y que, en cambio, el dibujo o la pintura exigen una atención añadida que, independientemente del resultado que se obtenga, redunda siempre en un cierto grado de interiorización de la escena pintada o dibujada. 

Esta vez, por supuesto, el ritual tiene truco: las acuarelas en cuestión han sido pintadas a partir de fotos; pero éstas son lo bastante recientes como para no haber borrado del todo la impresión directa del lugar, que es lo que cuenta. En todo caso, he disfrutado haciendo estas ingenuas acuarelas, que me confirman lo que siempre he dicho de los viajes: básicamente, suponen una incomodidad; pero lo realmente valioso de ellos es la huella que dejan en el recuerdo, o más bien el acicate que suponen para la imaginación que los reconstruye retrospectivamente. Leo las notas que he ido dejando en este diario sobre este último: todo se atiene estrictamente a los hechos, pero empieza a asomar entre ellos, o sobre ellos, lo que podríamos llamar la novela del viaje. Para empezar, y por no ser indiscreto, he disfrazado un tanto los nombres propios de las personas implicadas. Es decir, he empezado a convertirlos en personajes. También el yo que habla en estas notas lo es, en alguna medida. Pero ya se sabe que el yo siempre lo es. (10/4/2017)

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