lunes, abril 23, 2018

LABORIOSO SILENCIO EN COMPAÑÍA


Extraño domingo. El levante sopla por ¿quinto, sexto día consecutivo? pero el embotamiento general no consiente una tregua. Hay trabajo que hacer y todo un día para hacerlo, por lo que no valen excusas. El artículo de cine de la semana, basado en un par de ideas claras, sale con facilidad, y también con facilidad sale el examen que tengo que preparar para mis alumnos. M.A., mientras tanto, estudia. Laborioso silencio en compañía: me ha salido endecasílabo, como para un soneto. 

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De todas las muertes absurdas y vanas que llenan los periódicos, ninguna lo es tanto como la de una persona de veintitantos años. Sería complicado argumentar esa primacía en lo doloroso, y quizá ofendería los sentimientos de quienes han perdido a seres queridos de otras edades. A partir de los cincuenta años, digamos, podemos asumir sin mucha resistencia que se vive de prórroga. Lo fundamental está hecho: quien tenía que tener hijos los ha tenido ya, e incluso puede que los haya criado; quien se esforzaba por alcanzar alguna meta profesional, intelectual, etcétera también es muy posible que la haya alcanzado ya. Antes de los veinte años, digamos, no se hace otra cosa que tomar posiciones en una dudosa línea de salida. Si alguien no llega, es evidente que causará un enorme dolor a los suyos, pero... ese dolor se proyecta sobre una incógnita: la persona a la que se refiere no había terminado de hacerse a sí misma, era sólo un proyecto, una posibilidad, un anuncio de algo que había de realizarse. A partir de los veinte, los veintidós, los veinticuatro, en cambio, se empiezan a dar los primeros pasos por ese tortuoso e imprevisible camino que es la vida de uno, la verdadera vida propia, la que está hecha de una mezcla inextricable de azares y de algunas decisiones personales, que son las que verdaderamente cuentan. Si justo en ese momento de plenitud ocurre algo que trunca su infinita promesa, la pérdida es verdaderamente notable: se pierde una inteligencia plena, una voluntad de acción ya dispuesta, un afecto irreemplazable. Se pierde una vida ya vislumbrada como posibilidad a punto de realizarse. Por eso me ha impresionado tanto la noticia del suicidio de una chica de veinticuatro años, en Italia. Se tiró por un balcón después de que sus compañeros supieran que era hija de un conocido mafioso. Fue en vísperas de su graduación y nadie acudió a la fiesta prevista. Al parecer, la chica era buena estudiante y se había esforzado por labrarse un porvenir al margen de los sórdidos negocios de la familia. Nadie quiso reconocerle el esfuerzo o ver en ella esa voluntad de redención. Tuvo por delante la visión clara de una vida embarrada para siempre por esa especie de pecado original. Y actuó en consecuencia. 

No justifico su acción, desde luego: su caso, tan mediático, es sólo un ejemplo de ese tremendismo con el que los jóvenes suelen afrontar las contrariedades. La vida encuentra luego sus caminos. Pero hubo en ella un impulso que no quiso atender a razones, y que quizá incluso ni siquiera quiso darse el tiempo necesario para que esas razones afloraran. Ya no tiene remedio. Y lo único positivo que se deriva de esta triste anécdota es que, más allá del cinismo desde el que todo el mundo opina y condena, parece que la sociedad italiana en general está conmovida e incluso se siente un tanto culpable. Es posible que esa reflexión humanice un poco a todo el que haya querido permitírsela.


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Día del Libro. Treinta y tantos escritores en una plaza, a pleno sol. Entre todos hacemos bulto: a falta de espontáneos que vengan a aplaudirnos y comprar nuestros libros, cada uno de los treinta tiene como público a los otros veintinueve. Ninguno, por supuesto, condescenderá a comprar los libros de otro, La vida, mientras tanto, bulle alrededor: hay gente que pasea y pasa de largo, sin acercarse a esa extraña concentración de postulantes; hay niños que juegan al fondo. Sería un milagro que todo ese bullir se detuviera de pronto y se tradujera en un movimiento de curiosidad o de genuino interés hacia esos extraños congéneres que dedican su tiempo a escribir libros y han conseguido el dudoso privilegio de verlos impresos: que la gente se acercara y hojeara los libros, preguntara a los autores, se preguntara si alguno de esos libros les concierne de alguna manera. Pero mejor que no lo hagan, porque quizá los allí congregados no querrían saber las respuestas de esas preguntas verdaderamente cruciales. (23/4/17)

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