jueves, abril 19, 2018

LEVANTE


Aquí también vendría bien el verbo que Pla usaba para describir los efectos de la tramontana: desfibrarse. Desde un punto de vista estrictamente climático, el levante del Estrecho es muy distinto a esos vientos mediterráneos: suele ser cálido y casi siempre indisociable de una clara sensación de mar picada; aunque el mar, como sucede cuando el viento alcanza las comarcas de sierra interior, quede lejos y resulte invisible. Pero los efectos sobre el ánimo sí parecen ajustarse a lo que quería dar a entender el gran escritor catalán: sensación de nervios destemplados, de distonía en piernas y brazos, de somnolencia que fácilmente se confunde con una especie de generalizada desgana vital. Sacudido por el viento, lo sólido adquiere la versatilidad de lo líquido e incluso de lo gaseoso. Árboles, ropa tendida, toldos, peinados, se agitan como llamas, o mejor como celentéreos anclados a un arrecife y movidos por la corriente. Tendencia a no oponer resistencia, a dejarse llevar, si no fuera porque, paradójicamente, en medio del torbellino se afianza la certeza de que nos han salido raíces de los pies y son éstas las que impiden que, como quisiera la voluntad en suspenso, salgamos volando. (19/4/17)

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