martes, abril 03, 2018

MÁSCARAS


La incorporación a la rutina habitual, después del intervalo de excepción que supone siempre un viaje. "No sabía que fueras tan hablador", me espeta una de mis acompañantes a Dublín, ante la evidencia de que en estos días podría decirse que he acaparado a mis sucesivos interlocutores y logrado que me cuenten poco menos que sus vidas. Pero se trata de una ficción: ni ellos, en el trance de confiarse a un extraño a quien posiblemente no volverán a ver jamás, son quienes son, ni yo, parapetado tras la máscara que supone expresarse en otro idioma y entre desconocidos, soy el hombre comedido y más bien inexpresivo que suelo ser en mi entorno habitual.


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También los solitarios, le digo a esta amiga entusiasta del asociacionismo bienintencionado, aportamos algo a la sociedad. Claro que no sé decirle exactamente qué. Tal vez un espejo en el que los gregarios, al mirarse, se encuentran tremendamente favorecidos. Y necesarios.


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"¿Sabe alguno quién fue James Joyce?", pregunto a mis alumnos. Un líder de la independencia irlandesa, me dice uno. Un terrorista, me dice otro. Un escritor, añade dubitativamente un tercero. Y pienso que, en el fondo, los tres tienen razón, por más que el pobre exiliado detestara el entorno violento en el que se fraguó la independencia de su patria, a la que aportó el sólido argumento identitario que supone poseer una literatura reconocida y prestigiada, a la vez que un atractivo y muy moderno halo de iconoclastia, que los críticos literarios suelen explicar con metáforas procedentes del mundo de la violencia política: la "voladura" del lenguaje, por ejemplo, y otras zarandajas. De nada sirve argumentar que, en el fondo, Joyce era un escritor tremendamente conservador, fiel creyente en el poder de la retórica bien trabajada y en la idea flaubertiana de la novela como espejo de la realidad. (3/4/2017)

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