domingo, abril 15, 2018

SADOMASOQUISMO

Como las tiendas llevan dos días cerradas, la gente aprovecha la tregua del Sábado de Gloria para acudir a los supermercados. Multitudes ansiosas, aparcamientos saturados, ese nerviosismo generalizado que caracteriza a la gente en estas ocasiones en que la concurrencia masiva es percibida como una contrariedad. Yo también ando embotado y, al recular en un aparcamiento, golpeo el coche de un impaciente que, a pesar de haber percibido mi maniobra, no ha querido esperar. Asumo, de todos modos, mi culpa, aunque me basta poner pie a tierra para comprender que mi víctima no se va a conformar con mis disculpas y mi disponibilidad para cumplimentar rápidamente el parte de daños. Me hace saber, indignado, que le he estropeado las vacaciones y que el incidente seguramente le supondrá no disponer de coche en varios días, mientras se efectúa la reparación —que, a todo esto, apenas excede de una pequeña abolladura—. Asiento a todo, reiterando mis disculpas. Mientras, mi interlocutor ya ha desplegado el parte de daños y lo cumplimenta con eficacia. "No creas que hago esto todos los días; es que me dedico a estas cosas". No sé si lo dice para disipar la duda de que quizá estoy siendo víctima de alguna clase de truco. Pero no está uno para asumir teorías conspirativas, así que asiento a todo y firmo el papel que me ponen por delante. 

Lo curioso es cómo esta clase de contrariedades tienen la virtud de dejarte de malhumor el resto del día. Ya sé que una tarde de malhumor no es lo mismo que unas vacaciones estropeadas; pero, ya que, en mi papel de culpable dócil, no he tenido ocasión de airear la parte que me corresponde de este pequeño drama, vengo aquí a dejar constancia de mi fastidio, de mi enfado conmigo mismo, de mi torpeza. Y es como si me descargara de un peso.


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Veo, en condiciones deplorables —la versión que he encontrado es un archivo de Youtube de muy poca calidad— la versión cinematográfica que un para mí hasta hoy desconocido Joseph Strick hizo del Ulises de Joyce en 1967. Y, para mi sorpresa, hallo que no está nada mal: el blanco y negro, que ya en estos años empezaba a ser una rareza, cuando no un signo de precariedad de medios, le sienta bastante bien a la atmósfera de esta sencilla historia de gentes vulgares que se cruzan por las calles de Dublín y acusan sus anodinas experiencias en los dos registros de los que le es dado valerse a la conciencia humana: la percepción nítida de las realidades objetivas, por un lado, y su interiorización mental, generalmente mediante una modalidad de discurso que se rige por reglas distintas de las de la mera comunicación denotativa. 

Strick mezcla con naturalidad las escenas que efectivamente están viviendo los protagonistas con las que imaginan y con el torrente verbal que acompaña esas fantasías; y logra el milagro de hacer accesibles incluso las partes más oscuras de la novela joyceana: por ejemplo, el capítulo en el que Bloom y Dedalus se encuentran finalmente en un burdel y se ven envueltos en una intrincada mezcla de situaciones reales e imaginadas, la mayoría de ellas dictadas por la exaltada fantasía del primero y su aguda conciencia de extrañamiento —acaba de ser insultado en una taberna por un nacionalista exaltado que le ha echado en cara su condición de judío— y de insatisfacción sexual —su mujer lo engaña con otros y hace meses que se niega a tener relaciones con él—, así como por cierta tendencia a incurrir en fantasías sadomasoquistas. 

La película se las arregla para poner en imágenes lo que Joyce desarrolla, a mi entender con cierta ineficacia, en forma de texto teatral, mediante diálogos y acotaciones escénicas. Especialmente memorable es la escena final, el famoso monólogo o ensoñación de Molly, la esposa adúltera de Bloom. 

La inmersión en la película viene a aliviarme un poco de la desazón que me ha dejado el incidente de la mañana... Lo dejo anotado, para un futuro ensayo sobre las propiedades terapéuticas del arte.

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Para mis memorias de Dublín: el comienzo de la película, filmado en la torre Martello de Sandycove, en la que tuve mi rato de ensoñación literaria in situ hace apenas un par de semanas; algunos lugares muy reconocibles de la ciudad, como la pasarela peatonal sobre el Liffey conocida como Ha'Penny Bridge, o la perspectiva del río con su sucesión de puentes y el edificio de la Aduana al fondo; o los acantilados de Howth, que el mal tiempo me desaconsejó pisar, pero que la película, siguiendo al pie de la letra la novela, muestra retrospectivamente como escenario del primer encuentro sexual entre Bloom y su futura mujer, con algún vislumbre del faro y el puertecillo pesquero en la lejanía: o la playa de Sandymount, escenario del paseo inicial de Dedalus y de la escena de desahogo sexual de Bloom ante una chica que le muestra las piernas y algo más... (15/4/2017)

1 comentario:

Sandra Suárez dijo...

Ir al centro comercial no es sadomasoquismo, sino saLdomasoquismo. Con L, de saldo. Sobre todo si son Rebajas.