martes, mayo 01, 2018

CARACOLES


Se ve que el hombre estaba deseando pegar la hebra. "¿Qué? ¿Se va a llevar usted todo el campo que tenemos aquí?". Lo dice por las fotos que me ha visto hacer. Está la tarde nublada y el cielo presenta una espectacular gama de grises. Y hemos aprovechado el carril de entrada de la venta para hacer una parada en nuestro viaje. Un cartel grande anuncia que hay caracoles. "¿Te apetece probarlos? Invito yo", me dice M. A. El hombre de la venta parece feliz de tener compañía. "¿Son ustedes de por aquí?", pregunta. "Casi. Vivimos en...". Pero la mención de una capital que se encuentra a menos de una hora de carretera de donde estamos no parece disuadirle de la idea de que somos forasteros momentáneamente atraídos por las bellezas del paisaje y, ya puestos, por las delicias de la gastronomía local. A pesar de la cercanía, nos comenta, él si acaso habrá ido a la capital tres o cuatro veces en su vida; lo que no significa que no haya viajado lo suyo: trabajó veinte años en Barcelona y al menos dos veces al año bajaba al pueblo a pasar las vacaciones. Ganó mucho dinero en la construcción. En los años previos a los Juegos Olímpicos no daba abasto. Echaba muchas horas extras. Y todavía disponía de tiempo para hacer trabajos por cuenta propia. "Si no llega a ser por esa racha, ahora no tendría mil doscientos euros de jubilación", se ufana. La venta era de su suegro y, al parecer, él tuvo que volver de Barcelona para hacerse cargo de ella. 

No nos aclara qué relación le une con quienes llevan ahora el negocio, una pareja también entrada en años; quizá son simples arrendatarios. Nuestro interlocutor no parece echar mucha cuenta de ellos. Si acaso, parece hacer alarde de su desvinculación de las obligaciones aparejadas al negocio en cuestión: lo suyo ahora es pasarse las horas en el porche, con las manos en los bolsillos del pantalón impoluto. Hemos pedido una ración de caracoles para llevar. Será la primera indulgencia que nos permitiremos en el puente festivo, después de semanas de actividad frenética. También nosotros, como nuestro interlocutor, nos merecemos un descanso. (1/5/2017)

No hay comentarios: