martes, mayo 29, 2018

FUTILIDAD

Imagen: pintura de Lita Cabellut
Restemos los pasatiempos: ni cine ni lecturas, por ejemplo. Restemos también los actos imputables a los automatismos de la obligación y la rutina: las faenas domésticas, la ida y vuelta al trabajo, el propio trabajo. Restemos las actividades que responden a necesidades orgánicas o impulsos instintivos. Debe de quedar un margen de vida no condicionada, de libre deambular del pensamiento hacia regiones imaginativas no delimitadas de antemano por los estrechos márgenes de la cotidianidad. Un diario personal, estrictamente hablando, debería referirse únicamente a experiencias de ese tipo. Que suceda más bien lo contrario no contradice la idea anterior. Anotar la rutina viene a ser, en la escritura de diarios, lo que imprimar el lienzo en la pintura: un primer paso en el terreno todavía del prerrequisito, de la preparación, de la satisfacción de ciertas exigencias previas que harán posible el salto imaginativo posterior. Lleva uno doce años acudiendo puntualmente a este cuaderno con la sola intención de manchar el lienzo sobre el que alguna vez habré de trazar, si sucede el milagro, la silueta de algo que acaso se llega a entrever mientras se escribe, pero rara vez queda en el papel. 

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El mar es siempre una posibilidad.

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Venía invitado a cenar. "Supongo que estará todo muy bueno" -dijo, mientras entornaba los ojos como para atenuar la visión de tanta comida que exigía apreciación inmediata-, "pero lo cierto es que a mí comer es una cosa que no me llama la atención". Luego reparó en la música que habíamos especialmente seleccionado para los invitados. "¿Te importa poner esto?", dijo, sacando un cedé del bolsillo de su chaqueta. Cuando acabó la reproducción del disco, por supuesto, exigió volverlo a oír. "¿Aquí a nadie le gusta el fútbol?", preguntó finalmente. "¿Os importa que yo vea el partido, aunque sea sin sonido?". Subrayaba todas estas peticiones con una lenta caída de párpados, como quien acusa un tedio infinito del que, obviamente, no nos hacía responsables, sino que era consecuencia, quizá, de la textura general del universo y del previsible cumplimiento de sus leyes. "Bueno, es tarde ya", dijo apenas pasadas las once. Se mostró muy cumplido en las despedidas. "Quedamos un día para merendar". Quedó en el salón, sobre los platos sucios y los posos del vino, una impresión general de futilidad. Activé el sonido de la tele, para llenar el vacío. (29/5/17)  

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