lunes, mayo 21, 2018

HA DEJADO DE SER JOVEN


K. ha dejado de ser joven. A veces calcula erróneamente la distancia de un salto o sobrestima sus fuerzas, y el error se traduce en un gesto de desistimiento: vuelve desdeñosamente la espalda a la altura que pretendía saltar y se marcha, si no con el rabo entre las piernas, que no es gesto típico de gato, sí con un porte triste que resulta difícil describir, pero que se parece mucho a esa afectación de naturalidad, de "aquí no pasa nada", que vemos en las personas que involuntariamente han incurrido en motivo de ridículo. La evidencia es más triste aún por el hecho de tratarse de un animal sano, cuidado y de costumbres sedentarias. En los gatos callejeros la vejez se traduce en costurones y en ese característico aspecto desastrado que da la vida airada. No es el caso de K., cuyo único signo visible de envejecimiento, más allá de la pérdida de agilidad, es la tripa caída. En todo caso, la realidad es ineludible, y de poco sirve pensar que los gatos, como el resto de los animales, no tienen conciencia ni del tiempo ni de la muerte... Yo no estoy tan seguro: cada vez que yerra un salto, por ejemplo, es evidente que el error de cálculo se basa en una engañosa percepción de cuáles eran sus verdaderas capacidades no hace tanto, y de que, consiguientemente, algo ha cambiado en su vida y no precisamente para bien. En cuanto a la muerte, no sabría decirlo. La presupone, de algún modo, su afinado instinto de conservación. Y también, quizá, el pánico que le causa el vernos dormir a deshora, como si esa desacostumbrada inactividad pudiera ser definitiva y privarla de sus fuentes inmediatas de comida y confort. ¿Hay algo más? Quizá también en sus melancolías de animal viejo aliente algo así como una conciencia de pérdida. Pero... (21/5/17)

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