jueves, mayo 03, 2018

LASTRES

Ilustración: Manuel Martín Morgado
Me pide M.A. que le busque algunas de sus espaciadas colaboraciones en la revista C., que necesita para un currículum; lo que me da motivo para repasar la colección completa,desde el lejano número 1 correspondiente a enero-febrero de 1996 y en el que yo ya colaboraba con unas traducciones de poemas de Kipling, hasta el último (marzo-abril 2017), en el que publico un ensayo y una reseña. Veinte años de colaboración casi ininterrumpida, en los que hay de todo: cuentos, poemas, ensayos, secuencias de artículos, extractos de mi diario y reseñas de libros; un fiel espejo, pienso, de los modos en los que he abordado la literatura desde que empecé a considerarla, pese a que no vivo de ella, como una actividad que exigía la dedicación y el esfuerzo de una verdadera profesión. Si la revista ha sobrevivido todos estos años, supongo, es porque hay quienes la compran y la leen, e incluso quienes la guardan celosamente, así que no dejo de preguntarme, con ciertas cautelas, si alguno de esos lectores y/o suscriptores, a la vista de la colección, repararán en ese empeño y se habrán formado alguna opinión al respecto; si habrán reparado, por ejemplo, en la diferencia entre el treintañero que escribía en los primeros números, fiado de su intuición y de los impulsos de una cierta iconoclastia muy de época, y el cincuentón de hoy, no menos impulsivo, pero al menos algo más atento al ropaje argumentativo al que fía la credibilidad de lo que escribe. En el fondo, ambos se parecen: los dos sostienen la contraproducente pretensión de seducir al lector mediante el recurso de apelar, no a una posible afinidad cordial, sino a un cierto alarde de discrepancia. No me gusto cuando me leo retrospectivamente: entiendo que no haya llegado a tener lo que se dice un público. Se me puede leer, quizá, con agrado, pero nunca con plena simpatía. Ahora, si acaso, soy más consciente de ello; pero no creo que esté ya a tiempo de solucionarlo.

Miro con sentimientos encontrados la inestable pila de ejemplares que ha ido levantando en el suelo la colección casi completa de la revista. Quizá el error resida en conservar estas pruebas tan elocuentes de la futilidad de los empeños de uno. Habría sido mejor, supongo, prodigarse aquí y allá, como efectivamente he hecho, pero no conservar testimonio alguno de ese fuego graneado. Vivir sin ese peso. Quizá esté todavía a tiempo. (3/5/2017)

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