viernes, mayo 18, 2018

POR NADA

El rato de lectura en la hora del desayuno, en la terraza de la cafetería. Me acompaña esta vez Isabel y Essex, el librito de Lytton Strachey, en la muy azoriniana traducción de Rafael Calleja para Ediciones La Nave. No tiene pie de imprenta, pero las bases de datos de las librerías virtuales de Internet me aseguran que la edición es de 1945. Me la regaló P. B., que la encontró en el mercadillo dominical de Rota. Todos estos factores -el encanto de la edición añeja, el logrado calco de la prosa de Strachey, la grata trama amistosa por la que me ha llegado el libro- confluye en la impresión de plena felicidad con la que disfruto de estos cuarenta minutos. 

No los cambiaría por nada; lo que no quiere decir que me resista de antemano a la posibilidad de compartirlos con otras personas. Hace un rato por ejemplo, se me ha acercado R. Está doblemente jubilado: de la enseñanza, que fue su profesión, y de la política, una devoción que quizá no le deparó las satisfacciones que seguramente esperaba de ella. Ahora dedica su tiempo a sus investigaciones eruditas. Nos cruzamos con frecuencia, puesto que vive muy cerca de mi lugar de trabajo. Ya venía notando yo en las últimas semanas que le apetecía pegar la hebra. Hoy lo ha logrado. Me ha contado sus indagaciones en torno a cierto crítico de cine que colaboró en la prensa local hace medio siglo. Con paciencia ha logrado reconstruir su biografía y encontrar a sus descendientes. La historia es hermosa, porque es tanto como indagar hasta qué punto es indeleble la huella que dejamos quienes nos afanamos en estos menesteres de la escritura a modesta escala, a nivel casi de anonimato y en el pequeño teatro de vanidades que supone el ámbito local. Habla de un empeño modesto pero noble; y también, ay, insuficiente, por cuanto lo que queda reflejado en los textos del momento no es sólo la pasión particular de un individuo concreto, sino también las dimensiones de sus carencias, de lo que le estaba vedado conocer, de lo que su propia trayectoria humana le aconsejaba evitar. El crítico en cuestión, al parecer, padeció cárcel, y no tanto por sus convicciones políticas como por su perfil de ateo recalcitrante. Cuando pudo, naturalmente, hizo lo posible por hacerse perdonar la falta. Lo que no me dice R. es si, a pesar de todo, fue un buen crítico. Le he dicho que no deje de avisarme cuando publique el resultado de su investigación. 


Luego he seguido leyendo, levantando la vista solamente para mirar de vez en cuando a los viandantes. Hace una mañana espléndida. En momentos así, si le pidieran a uno que expresara un deseo, no me cabe la menor duda de qué pediría; que todos los momentos de mi vida fueran así, me ocuparan pensamientos de esta clase, disfrutara de esta peculiar sensación de bienestar físico y mental. Sé que es pasajera, pero... 


***

Evitar que la curva emocional del día se parezca a una montaña rusa. Y hacerlo, por supuesto, en detrimento, no de los momentos de perfecta felicidad, sino de aquellos en los que dominan las sensaciones de desaliento, pánico o estrés. Algo me dice que ese logro tiene que ir necesariamente aparejado a un cierto grado de desconexión, de ecuánime distanciamiento: conocerse a uno mismo lo suficientemente bien como para saber hasta qué punto ciertas contrariedades que parecen causar una gran conmoción en las capas más superficiales de la propia sensibilidad en realidad no calan lo suficiente, y por tanto no merecen la atención y preocupaciones y demanda de tiempo que normalmente suscitan. Cultivar, digamos, una especie de porosidad selectiva, por la que solamente nos dejemos impregnar de determinadas cosas externas y no de otras. Parece un programa asequible, aunque quizá sólo a tan largo plazo que, una vez logrado, casi no queda tiempo y vida para disfrutarlo... Pero quizá este último pensamiento no sea sino una última añagaza del pesimismo para disuadirnos de intentarlo. (17/5/2017)

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