domingo, mayo 27, 2018

QUÉ HACEMOS AQUÍ

This is a life of illusion, / Wrapped up in trouble, laced with confusion. / What are we doing here? (Es una vida de ilusión / con envoltorio de problemas y por lazo la confusión. / ¿Qué hacemos aquí?). No son palabras de un poema pesimista, sino sólo unos versos de "Grease", la canción que Barry Gibb compuso para que Frankie Valli la cantara en la obertura de la película homónima. Suelo verla por estas fechas con los alumnos que acaban el bachillerato, por eso de que ofrece una visión entre tierna e irónica de ese mismo momento en un instituto norteamericano de finales de los años cincuenta -la datación es imprecisa: hay una chica, entre las protagonistas, que se cartea con soldados destinados en Corea (la guerra en la península coreana terminó de facto con el armisticio de 1953), pero también hay una escena que sucede en un autocine en el que proyectan La masa devoradora (The Blob) que se estrenó en 1958-. 

Alguna vez he anotado en este cuaderno que lo que me gusta de esta película, aparte de los recuerdos que me trae de mi propia adolescencia, es su carácter coral, el hecho palpable de que siempre hay cosas que suceden en segundo o tercer plano a las que merece la pena prestar atención; pero nunca, curiosamente, me había fijado en esas palabras desalentadoras que cabe oír en el arranque mismo de su andadura. También he dejado anotado alguna vez que, por rutilante que pueda parecer a un espectador español el instituto en el que se ambienta la historia, la realidad es que es un instituto de ciudad obrera y que ninguno de sus alumnos menciona la posibilidad de continuar estudios en la universidad: de sus posibilidades laborales, sólo sabemos que uno de ellos ha trabajado en verano como mozo de carga en Bargain City -una conocida cadena de tiendas de saldos-, y que otra chica ha abandonado el curso para matricularse en una escuela de peluquería. Cabe quizá rastrear en la canción de Barry Gibb -que, al fin y al cabo, provenía de una banda, los Bee Gees, que había grabado canciones comprometidas sobre hechos de su tiempo, como la conocida "New York Mining Disaster 1941", con la que debutaron en América- el eco del desaliento que dominaba Occidente cuando se estrenó la película en 1978, en plena Crisis del Petróleo. Queda ahí esa nota de pesimismo, en medio de una película que no cabe entender de otro modo que como una celebración de la adolescencia -con su dosis de melancolía, claro, porque la propia ambientación en los remotos años de la era Eisenhower dejan claro que su asunto es el pasado idealizado e irrecuperable-.


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La lectura de este libro de la poeta colombiana P. B. me llena de perplejidad. No había leído antes nada de ella y la primera reacción es de asentimiento gozoso: es un libro magníficamente escrito, que parece haber encontrado un modo imaginativo de referirse a la condición humana, sin incurrir ni en el realismo de baja estofa ni en vaguedades filosóficas. Pero lo que me asombra -hasta el punto de que en un momento dado me siento paralizado de dolor- es que su segunda parte parece referir un lance biográfico de la poeta que coincide punto por punto con un hecho similar que afectó a finales del año pasado a una persona conocida y querida por mí. Busco corroboración en internet: en efecto, la persona a la que la poeta dedica esta sección -su hijo- murió exactamente en las mismas circunstancias que esta otra cercana a nosotros, tenía parecida edad, compartía los mismos intereses artísticos -e incluso una estética parecida- etcétera. Le cuento la anécdota a M.A., advirtiéndole que puede resultar dolorosa pero que también aporta -por la contundente refutación que la poeta hizo de todos los infundios que corrieron sobre la muerte de su hijo- algún consuelo, en tanto que fue una enfermedad diagnosticada y arduamente combatida la que finalmente les ganó por la mano, y no un absurdo accidente o un error dictado por la inmadurez. A veces la literatura depara estas extrañas lecciones. En cierto modo, me alegro de que a mí ésta me haya alcanzado desde la fuerza persuasiva de los versos, y no a través del conocimiento previo que yo pudiera haber tenido de la biografía de su autora. Los versos han trascendido su dolor y quizá nos ayuden a trascender -por más que haya importantes diferencias de grado- el que nosotros hemos sentido en circunstancias casi idénticas. 

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Hipocresía de clase media: nunca digas a alguien que te considera de su mismo nivel económico y social que te privas de tal o cual cosa de la que él o ella presume porque... no puedes permitírtela. Al hecho aleatorio de que la presente crisis no afecta por igual a todas las profesiones y a todas las situaciones laborales se une otro de indudable significado moral: algunos no sólo no se han dado cuenta, sino que consideran una impertinencia que se lo den a entender. (26/5/17)       

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