lunes, junio 11, 2018

AVISPAS


He confundido el tique de aparcamiento: el que llevaba en la cartera no es válido y ahora no puedo efectuar el pago que ha de franquearme la salida. En la caseta de vigilancia no hay nadie y tampoco responde nadie a la infinidad de llamadas que hago por los interfonos de las distintas máquinas que se ocupan del funcionamiento del negocio. El aparcamiento en cuestión es una parcela anexa a las instalaciones portuarias y el entorno es, a estas horas últimas de la tarde, la imagen misma de la desolación: una explanada desierta rodeada de vallas de malla metálica y ceñida por un horizonte de grúas y perfiles de naves de almacenamiento. Reconozco que estoy experimentando una sensación parecida al pánico: acaloramiento, aceleración del pulso, impulso a adoptar alguna solución expeditiva, como salir del aparcamiento por las bravas, llevándome por delante la valla que me veda el paso... 

Antes de hacer eso, me dirijo al coche y miro en el salpicadero y debajo de los asientos. Encuentro otro tique, que resulta ser el válido. Todo se ha debido a una confusión. Pero me queda la duda de cómo podría haber resuelto el problema si, efectivamente, hubiera perdido el tique en cuestión. Salgo del aparcamiento-trampa con el firme propósito de no volver a ponerme en semejante situación de desamparo. Pero cómo evitarlo.

***

Más pequeñas contrariedades. A M. le ha picado una avispa y, como es alérgico, ha habido que llevarlo a urgencias para que le pongan una inyección de urbasón. Me he ofrecido a acompañarlo, con lo que la contingencia ha puesto en mi mañana de desocupado una nota de imprevista responsabilidad. En el consultorio nos precedían unos cuantos niños pequeños, todos ellos acompañados, y aquejados de diversas variedades de catarro primaveral. Pienso que no sería raro que me contagiaran algún virus. Pero ninguno de ellos permanece en la sala de espera lo suficiente como para dar tiempo a los gérmenes a viajar de una mucosa a otra: el médico los despacha con fría eficiencia, como quien firma expedientes; de hecho, lo que hace es firmar volantes y recetas, que los atribulados padres se encargan de llevar a toda prisa a la farmacia más cercana. A otros los envía directamente, provistos del correspondiente volante, a la consulta contigua, donde oficia el ATS que hace las curas o pone las inyecciones. De esa dependencia precisamente acaba de salir una mujer adulta, pálida y descompuesta, apoyada en el brazo de una anciana que no parece que pueda sostener a su acompañante en caso de que ésta se desmaye. Al parecer, el dolor del pinchazo le ha causado mareo. La han llevado a una sala adjunta, para que se siente y se recupere. Le pregunto a M. si le dan miedo las inyecciones. Y me dice que en otro tiempo, cuando las necesitaba, se las ponía su mujer, pero que últimamente se las pone él mismo y que así duelen menos. Lo que, después de todo, no deja de tener su lógica. (11/6/17)





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