viernes, junio 01, 2018

BARBAS

Una mañana apacible, una terraza frente al mar, una hora libre y un libro que leer —en desagravio, ay, por el que dejé ayer deshaciéndose a la intemperie en medio de un polígono industrial... La combinación no puede ser más favorable. Pero la mesa que he elegido está cubierta por una desagradable película salitrosa, de la playa sube a la terraza un soplo de boca de horno y bajo el toldo suena una insoslayable música machacona. El resultado es que salgo huyendo apenas termino mi desayuno. Y con la desalentadora impresión de que ciertos espejismos de la felicidad sólo lo son vistos a conveniente distancia y rara vez resisten la prueba de la realidad.

***

Mi ya crecida barba merece una mención, la primera, en este cuaderno. Me ha deparado una curiosa sensación de pudor retrospectivo: ahora me resultaría incómodo volver a dejar al descubierto ciertas cicatrices faciales que tengo desde la infancia y que ahora, por primera vez desde el accidente que me las causó cuando tenía diez años, resultan invisibles. Alguien me ha dicho que esta profusión de pelo mayoritariamente blanco me hace más joven. No sé. Quizá quiere decir que contrarresta en cierta medida, y por la vía del desaliño, mi ya asentado aspecto de hombre formal: una condición que, ahora que lo pienso, siempre me ha parecido un tanto prematura. (1/6/17)

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