martes, junio 26, 2018

CHAMUSQUINA

Foto: JULIO GONZÁLEZ (Diario de Cádiz)
Olor a chamusquina procedente de un incendio que devasta los pinares de Moguer y Mazagón y el contorno de Doñana. También el cielo se ha teñido de esa inconfundible tonalidad amostazada, que al principio parece resultado de las calimas de la estación, pero pronto revela su verdadera cualidad de indicio de una catástrofe. Pienso en las frecuentes alusiones a estos pinares en la obra de J.R.J. Ahora esa cualidad inconsútil ha adquirido un nuevo matiz: el fondo de los paseos del poeta y su asnillo es, literalmente, una pavesa. No arde sólo un paraje: toda una educación sentimental es pasto de las llamas.


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También para incendiar un poco el cotarro: "Francamente, me resulta imposible suscribir que Gloria Fuertes fuese una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio", afirma Javier Marías en su columna semanal en El País. No suele uno prestarse a suscribir las opiniones de este escritor, quizá más por una cuestión de forma que de fondo. Pero esta vez el mensaje es tan nítido como indiscutible. Y no porque no aprecie uno hasta cierto punto la obra y la figura de la autora cuyo centenario se ha celebrado este año hasta el empacho, sino porque esa celebración excluye el matiz de que un poeta -una poeta, en este caso- por quien se puede sentir simpatía y a quien incluso se puede conceptuar como necesario/a en una coyuntura de la que sólo se recuerdan hoy las actitudes y gestos francamente indigeribles de muchos otros, no tiene por qué cargar con el peso de una clase de estimación que no le corresponde. Grandes, grandísimos poetas fueron otros. A ella le correspondió el don de una cierta gracia impertinente, alada, corrosiva en comparación con las solemnidades que se estilaban en su tiempo. Aportó un toque de ironía naïf a un panorama de gestos serios y decires impostados. Hay que reconocérselo. Pero no confundamos las escalas de medir.

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La celebración familiar -¿un bautizo, una comunión?- que se celebraba en un local aledaño ha terminado a tortas. Dos de los celebrantes han salido del local con intención de liarse a puñetazos. Detrás han salido otros, para impedirlo, aunque en estos casos nunca se sabe. Veinte minutos después la fiesta se ha disuelto y lo que queda en el ambiente es como la resonancia apagada de una explosión que nos ha dejado a todos con los tímpanos embotados. Lo cierto es que el calor también ahoga. ¿Será eso lo que ha encendido los ánimos? O quizá haya sido el toque agresivo de la gomina en las crestas ya de de por sí demasiado engalladas, en combinación con ese humor susceptible al que predispone el apresto de las camisas nuevas. (25/6/17)

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