martes, junio 05, 2018

EXCEDENTES

Como todo el mundo está en la feria, en el paseo marítimo los bares tienen la baraja echada. Habíamos salido con la vaga esperanza de que hubiera alguna excepción y pudiéramos sentarnos en alguna terraza a tomar el fresco. Ha habido suerte: hay un bar abierto, e incluso concurrido. Se ve, pensamos, que la docena escasa de personas que no han querido ir a la feria han venido a refugiarse aquí. Casi todas las mesas de la terraza están ocupadas. Pero hay algo más: de dentro del local, al que no llegamos a asomarnos, sale música y por el ventanal que da a la terraza vemos bailar en la semipenumbra a unas cuantas parejas de mediana edad. La camarera nos explica que se trata de un grupo de amigos que, en viernes alternos, se reúnen para merendar y pasar luego el resto de la velada bailando. "Puede sumarse quien quiera", nos dice la chica. Nosotros nos conformamos con saber que seguramente ha sido la certeza de contar con esa clientela asidua lo que ha hecho que el dueño del bar haya optado por abrir en un día como hoy. La alegría programada de esos viejos —o quizá no tanto: puede que la mayoría de ellos tenga más o menos nuestra edad— ha generado, por así decirlo, un excedente, una especie de sobrante, del que hemos podido beneficiarnos. Quién pide más.

***

—¿Qué hacéis?
Nada, ver una película. 
—¿Qué película?
—Una argentina de los años 40, La dama duende.  
—¿?
—Sí, el guión lo hace María Teresa León. Es que J.M. está leyendo su biografía y le ha llamado la atención ese dato. Por eso ha buscado la película.
—¿Vosotros no hacéis nunca nada que no tenga un trasfondo cultural?
—Sí, también. Pero eso no lo contamos.

***

Para no desmentirnos, durante la cena hemos escuchado algunas canciones de Mariem Hassan, la saharahui de voz cálida que ponía cadencias de blues a las venerables melopeas de su pueblo. Di con ella por casualidad, siguiendo las sugerencias de una lista aleatoria de canciones en una web de música. Desde entonces es una de mis cantantes favoritas. Hoy he sabido también en su día la noticia, que publicó El País, me pasó desapercibida que un cáncer la mató en 2015, a los cincuenta y siete años de edad. Eligió morir con los suyos en Tinduf, en el exilio argelino. Anoto estos datos no sé muy bien por qué. La difusa mitología en la que se insertan las modernas estrellas de la canción abunda en finales dramáticos y prematuros. No es el caso. Su muerte contabiliza, más bien, en las estadísticas de afecciones que hacen estragos en la mediana edad. Nos dejó su música, que no es poco: el repertorio disponible en la web donde suelo escucharla no ha hecho otra cosa que aumentar desde el día en el que leí por primera vez su nombre. Ahora caigo en la cuenta de que entonces vivía aún.

No hay comentarios: