viernes, junio 29, 2018

GRANDEZAS

Copié mi comentario del otro día a propósito de la poeta G. F. en una red social e inevitablemente ha tenido alguna mala respuesta. Es curioso: yo intentaba aportar matices, antes de entrar en el juego absurdo del enaltecimiento gratuito o la descalificación sin más. Lo que está en cuestión es esto: ¿Qué es un/a gran poeta? ¿Qué información aporta esta calificación cuando se otorga de manera más o menos unánime a algún escritor? Y no menos importante: ¿otorgar o negar esta calificación a alguien -a un escritor difunto, por ejemplo, al conmemorarse su aniversario o similar- supone hacer un juicio de valor sobre quienes lo leen, que de este modo reciben una especie de beneplácito general o, por el contrario, una descalificación de su particular apuesta estética? 

Empecemos por esto último. Leer no consiste en adherirse sin más a un canon, ya sea el que proporciona la escuela o el que improvisan semana a semana con sus apresuradas opiniones los críticos de los periódicos. Leer es un acto introspectivo e intransferible, que implica la adhesión privada al valor que aporta a un determinado individuo la lectura de un texto particular. Puede ser un clásico indiscutible, pero también puede ser, pongo por caso, un poeta indiscutiblemente "menor", al que el lector encuentra amable, conmovedor, certero en la expresión de determinados matices sentimentales y vivenciales que suelen escapar a los clásicos consagrados, etcétera. A mí, por ejemplo, me gusta leer a toda una caterva de poetas modernistas "menores" que escribieron al margen de la modernidad y las vanguardias, y cuya obsolescencia estética es palmaria, pero que a mí me parece que aportan un sano ejemplo de conocimiento del oficio, de indiferencia a la novedad y de asunción del ejercicio de la poesía como un modo de vivir. Además, me divierten y conmueven, lo que no es en absoluto baladí... ¿Pretenderé por ello que los manuales de literatura les dediquen un capítulo a cada uno, y que sus libros se reediten con la frecuencia con que se reedita a Rubén Darío o a Antonio Machado? Más bien lo contrario: agradece uno que esa devoción suya particular a un autor extracanónico no sea del todo del dominio público, que se base en el azar de encontrar sus libros en un remate o librería de viejo, y que no todos la compartan. El fondo de lecturas de muchos grandes escritores está hecho de estas elecciones discutibles; lo que no quiere decir, por supuesto, que desdeñen a los clásicos de primer orden y las enseñanzas que se derivan de su lectura. Por tanto, si alguien viene a decirme, por ejemplo, que leer a Fernando Fortún es perder el tiempo, y se permite descalificarlo diciendo que fue un modernista trasnochado, etcétera, no me daré por ofendido ni pensaré que esa descalificación me afecta como lector. Y si alguien, por el contrario, en un arranque de entusiasmo dictado por un aniversario, me dice que F. F. es tan grande poeta como Antonio Machado, y que su postergación es una injusticia debida a tales o cuales circunstancias extraliterarias, tampoco me consideraré vindicado por ello. Yo sé bien qué valores encuentro en F. F. y no me hace falta que nadie venga a aplaudirme o a descalificarme por mi gusto particular. 

Porque una cosa está clara. F. F. no es un "gran poeta", por mucho que lo proclame algún entusiasta ocasional o llegue una coyuntura en la que su figura y posición merezcan ser reivindicadas. Grandes, grandísimos poetas hay pocos: quizá, en el mejor de los casos, uno o dos por generación, flanqueados a veces por una docena de poetas de altura con quienes dialogan y comparten los rasgos que definen una época. Suelen alzarse sobre la tradición para aportar un rasgo diferencial e inconfundible, que se incorpora a la misma y define nuevos parámetros desde los que apreciarla. Comparten rasgos generales con sus coetáneos, pero suele suceder que, conforme pasan los años y se afina el juicio sobre ellos, lo que termina definiéndolos no es lo que comparten con otros escritores de su tiempo, sino lo que los diferencia de ellos. Podrían ponerse muchos ejemplos: J. R. J. y Antonio Machado en su época, Luis Cernuda en contraste con sus compañeros de generación, etcétera.

Conviene, por ello, tener claro qué se dice cuando se proclama sin más, al socaire de un entusiasmo coyuntural, la grandeza de tal o cual poeta. Si lo que se pretende es ganarle lectores, un error de juicio por elevación puede tener más bien el efecto contrario. Si uno ama a un (a una) poeta sobre quien no recae esa calificación, el mejor modo de hacer su defensa es atenerse a lo que nos conmueve de su pequeñez, su gracia, su encanto, antes que atribuirle grandezas que no le pertenecen. Ya sé que es difícil hallar ese tino, y mucho más andarse con tantos miramientos en un mundo donde nadie se toma más de unos segundos en formular las propias opiniones o considerar las ajenas, no digamos ya a entrar en matices. El resultado es lo que conocemos, ruido y confusión, en beneficio de la mala hierba que mejor prospera en este medio: la pura ignorancia. (26/6/17)

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