jueves, junio 21, 2018

LA BAÑISTA


Cuando abandono la playa, ya con el sol declinante, la veo bajar por las escalerillas. Lleva un liviano vestidillo blanco, muy corto, bajo el que se transparentan las alas desplegadas, como de gaviota, de un eslip negro. La conozco de algo más que de vista -solemos coincidir en la terraza cercana donde habitualmente tomo el desayuno de media mañana-, por lo que con la mirada sigo sus pasos con cierta curiosidad, aunque no es muy difícil prever lo que va a hacer. Cruza la franja de arena, se detiene a unos metros de la orilla, se desenfunda el breve vestido, que deja caer al suelo, y se acerca a al orilla, donde la frialdad del agua la detiene e incluso la fuerza a un amago de retroceso, en el que gira hacia mí por un instante su torso desnudo, antes de continuar avanzando hasta zambullirse. 

La forzosa proximidad de nuestras mesas en la terraza de marras me ha proporcionado algunos datos sobre su vida. En la animada tertulia que mantiene con sus compañeras de café se habla siempre de asuntos generales, pero esa misma tendencia a la generalización favorece que unas y otras, llegado el caso, ilustren sus opiniones con el relato particularizado de alguna experiencia propia, De esas confidencias cazadas al vuelo he llegado a formarme una idea aproximada de la vida de la chica en cuestión; que, por ser la más joven de las tres que desayunan juntas, parece también la más desinhibida a la hora de contar sus cosas. Conoce bien a los hombres, que en general le parecen un tanto pueriles, como forzosamente han de parecerlo a quien tiene ocasión de comprobar, día tras día, el efecto que su mera presencia ejerce sobre ellos, incapaces seguramente de relacionarse con una mujer joven, atractiva e independiente en otros términos que no incluyan de algún modo los rituales del cortejo, abierta o soterradamente. Lo que no quiere decir que los rehúya: todo lo contrario, por más que el resultado de ese trato dictado por una cierta desconfianza mutua sea frecuentemente la decepción, e incluso alguna que otra indeseada consecuencia: en uno de sus relatos, la chica demostró estar muy al tanto del todavía tortuoso trámite de poner fin a un embarazo no deseado. 

Anoto estas intimidades ajenas con desazón: En el caso improbable de que la chica leyese estas notas, ¿se reconocería? Apelo, en cualquier caso, a la pretensión que estos apuntes tienen de consignar lo genérico en lo particular. En el caso de esta chica, no puedo dejar de ver en ella una proyección del viejo arquetipo de la belleza vulnerada, vulnerable. Soy consciente de la nota de falsedad aparejada al tópico; y también de la inevitable relación del mismo con ciertos atavismos masculinos, en este caso referidos al observador. Sea. La tarde de playa, en cualquier caso, ha querido ofrecerme una imagen de esta chica que seguramente tardaré en olvidar. Bien merece la pena atesorarla. Cuando volvamos a coincidir en la cafetería, no sabrá que tengo de ella ese nuevo dato, más imborrable que cualquiera de esas arriesgadas confidencias suyas lanzadas al tuntún. No podía dejar de anotarlo. (20/6/17) 

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