lunes, junio 18, 2018

LA DIVA


La diva -no es irónico: se trata de una verdadera cantante de ópera- no ha tenido un buen día hoy. La han convencido para que cante un par de piezas al cierre de un acto literario. Y ya desde el principio ha habido algún malentendido. "¿Sois primas?", he preguntado a la anfitriona, que tiene el mismo apellido. No hay ningún parentesco, me asegura. Pero he caído luego en la cuenta, pensando en la cara de póquer que la cantante ha puesto al oír mi bienintencionada pregunta, que hacerla era  tanto como dar a entender que ella no estaba allí por méritos propios, sino precisamente en virtud de ese presunto parentesco. Luego, mientras el acto se iba desarrollando, hemos notado alguna tensión entre bambalinas. Al parecer, la anfitriona ha perdido el pendrive que contenía el acompañamiento orquestal de las dos piezas que iba a cantar. El caso es que, llegado el momento, la cantante anuncia que, a pesar de todas las inconveniencias -la falta de acompañamiento musical, la imposibilidad de haber calentado la voz, etcétera- va a hacer lo que pueda. Expectación, no exenta de cierto azoramiento: ¿no estaremos poniendo -nos preguntamos todos- a esta chica en un compromiso indebido? Pero enseguida el milagro de la música nos hace olvidar nuestras prevenciones: las notas de "Visi d'arte", la famosa y muy difícil aria de Tosca, y de "O mio bambino caro" de Gianni Schicchi llenan el local. Al final de la segunda y última pieza, rompemos a aplaudir... Pero, ay, al parecer lo hemos hecho antes de tiempo. Entre rendidos aplausos, la cantante se dirige a la puerta... y se va. No ha habido modo de alcanzarla, siquiera para darle las gracias. La anfitriona la ha llamado y le ha enviado mensajes; inútilmente: no contesta. Y aunque el acto en general ha salido bien y hay motivos para no estar descontentos, queda en el aire un cierto malestar, que flota sobre la sobremesa y nos acompaña durante las copas y la cena. (17/6/2017)

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