jueves, junio 14, 2018

SOLANESCO

M.A. ha partido de Madrid con hora y media de retraso, en un tren averiado que se detuvo al poco de salir de la estación, lo que obligó a repartir el pasaje entre otros trenes. Durante el trayecto se escacharró el aire acondicionado y la tripulación hubo de pedir un médico por megafonía para atender a un viajero que quizá no había aguantado tantas emociones. Eso sí: pasada Sevilla, donde se apeaba la mayor parte del pasaje, la compañía tuvo a bien repartir bocadillos entre quienes quedaban. Habría resultado incluso divertido, si no fuera por la sensación de naufragio colectivo que la reiteración de esta clase de incidentes en los servicios públicos y en otras esferas del acontecer ciudadano no hace sino afianzar. La realidad cotidiana se parece cada vez más a los panoramas de vida degradada a la que nos tienen acostumbrados las distopías del cine y la literatura: es el mundo averiado de Blade Runner, por ejemplo. A quienes nos criamos en los espejismos pequeño burgueses de la España tardofranquista, con sus ilusiones de bienestar de clase media para muchos, aunque fuera pagado a plazos, nos costará acostumbrarnos a esa nueva realidad. A otros quizá no: pienso en C., con quien M.A. acaba de pasar unos días en Madrid. Vive en Lavapiés, en un piso minúsculo, en compañía de una chica y un chico norteamericanos y dos perros de tamaño más que mediano. Algunas partes de la finca están apuntaladas y en otras el suelo está tan hundido que es necesario transitar sobre tablas. Leer las placas de los buzones es muy distraído: hay nombres y apellidos de todos los continentes. C. parece estar a gusto en esa mescolanza, aunque a veces se indigna o pasa miedo cuando algún desconocido se dirige a ella por la calle en términos no precisamente gratos o tranquilizadores para una muchacha que pasea sola. Tampoco lo pasa bien cuando, en vísperas de determinadas fiestas, los niños y no tan niños del barrio se divierten haciendo estallar petardos que causan un indescriptible pánico a los perros. 

Todo lo que antecede, lo sé, suena a exageración, o a apunte de tintes solanescos -por el pintor y escritor José Gutiérrez Solana, que pintó y describió la miseria y degradación urbanas de la España de hace cien años-. C. diría que no es para tanto: que la gente vive así, e incluso que esa forma de vida genera un desapego hacia las convenciones y aspiraciones burguesas que quizá sea incluso higiénico y liberador; mejor, incluso, que la achuchada vida de sus padres, atados a decenas de obligaciones y compromisos, además de a una cierta irrenunciable idea del decoro. Bueno. Las perspectivas cambian según la edad. De lo que no estoy muy seguro es de que vaya a variar el marco: es muy posible que ésta llegue a ser la única forma de vida a la que pueda aspirar la mayor parte de la población en las próximas décadas. Me gustaría equivocarme. (13/6/17) 

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