miércoles, junio 27, 2018

VUELO BAJO

Foto: JULIO GONZÁLEZ (Diario de Cádiz)
Amanece de nuevo con olor a quemado y un horizonte de ceniza. Siguen ardiendo los pinos de Moguer y Mazagón. No es lo mismo saber de una catástrofe así por la televisión que despertarse bajo una evidencia palpable de que los campos arden no demasiado lejos de donde uno hace su vida cotidiana. Y lo curioso es que esta cercanía, más que disipar la vaga sensación de irrealidad que envuelve la mayoría de las historias que te llegan como meros relatos noticiosos, la aumenta. Ha terminado uno por no dar crédito a sus propias percepciones; que son, por así decirlo, como la neblina que se interpone entre el ensimismamiento y los inapelables aconteceres que suceden más allá de esa burbuja.

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No hago otra cosa que dar vueltas a qué hacer respecto a cierto compromiso familiar al que no me apetece asistir. Interrogado al respecto, respondo que lo que verdaderamente me molesta es que me hayan puesto en ese brete. A lo que mi interlocutora -este dilema es ahora mi tema favorito de conversación- responde que esa posición es absurda: más que lamentarse de que los demás hagan cosas en las que no deseas participar, lo sensato sería sencillamente emitir una negativa y eventualmente argumentarla. Es decir: aprender a decir no. Ha llegado uno a la cincuentena -ya largamente rebasada- sin haber adquirido esta habilidad elemental. Lo que es un recordatorio de que el tiempo que queda no conviene desperdiciarlo por no saber precaverse de las usurpaciones desconsideradas que siempre intentarán los otros.

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Bernie (2011) del quizá sobrevalorado Richard Linklater: película resultona sobre un asesino confeso que, además, resulta ser una simpatiquísima persona a la que ningún jurado condenaría, por lo que el fiscal del caso cree necesario solicitar que se le juzgue en un pueblo donde no lo conozcan. Es una historia, al parecer, basada en un caso real; lo que no quita que la película, técnicamente muy competente, esté contada desde una especie de mirada cínica que apela a la complicidad de ciertos públicos y deja al margen cualquier muestra de simpatía mínima por los personajes implicados. No sé si lo he dicho ya: detesto ese tipo de cine cuya premisa esencial es que el público crea verse reflejado en la inteligencia cínica del director, o viceversa. Cine de vuelo bajo siempre: necesario quizá, como en toda reunión es necesaria la presencia de un impertinente del que precavernos. (26/6/17)

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